lunes, 9 de diciembre de 2013

Al calor de la intemperie

"La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida". La sentencia, que llega aproximadamente en la mitad de la novela, podría resumir perfectamente la esencia del libro. En ese momento al protagonista de la historia, un chico de no más de diez años, aún le quedan por ver muchas cosas que no debería ver a esa edad, pero a su vez ya ha visto, y experimentado, otras tantas.

La novela de Jesús Carrasco, ganadora del Premio al Libro del Año otorgado por el Gremio de Libreros de Madrid, narra la huida del chico por la geografía baldía de una España rural, no sabemos si del futuro o el presente, que algunos reconocerán desde la primera línea.

El narrador cuenta la escapada del niño, pero no sus motivos, que sólo se dejan entrever con algunas afirmaciones sobre la situación del pequeño en la casa o su relación con el padre. Jesús Carrasco dosifica la información para llenar las esquinas de su novela de oscuridad con la única intención de arrojar luz a medida que se acerca al final.

El autor se recrea en una escritura muy cuidada y de trazo fino para narrar lo tosco del espacio, en el que la línea temporal transcurre lenta, con un ritmo tan pausado que a veces no parece que la intención de la novela sea avanzar en la historia y sí hacerlo en el aprendizaje del niño y el desarrollo de la psicología derivado de su necesidad de aprender a sobrevivir.

En ese aspecto entra el juego el personaje del cabrero, un viejo que apadrina al muchacho y lo acompaña para guiarlo en su aprendizaje mientras se sirve de su vitalidad para su propia comodidad. La simbiosis creada entre los dos insinúa una metáfora de la vida que acaba de comenzar, la del joven, y la muerte que está por llegar, la del viejo.

Durante toda la novela seguimos de cerca los movimientos del chico, unos pasos por detrás, la distancia que toma el narrador con respecto a los movimientos de la pareja, para acercarnos al escenario principal sólo en los momentos más importantes, como el instante en el que Jesús Carrasco nos revela el secreto que acompaña en silencio al niño durante toda la historia, que resulta más desgarrador por su crueldad que sorpresivo.

La escritura es, sin ninguna duda, el apartado que más se disfruta del libro, primera novela del autor. Cada párrafo denota cuidado y gusto por lo escrito, la belleza de cada frase supera con creces a la historia que cuenta, que ha llegado a ser comparada, en una tremenda hipérbole, con La carretera de Cormac McCarthy. Es cierto que toma de ella la incertidumbre ante un escenario desolador –la geografía sin apenas gente, los campos yermos, etc.­–, la idea del camino y la huida y algunos detalles a la hora de mostrar la relación paterno-filial establecida entre el niño y el cabrero, pero la realidad es que la novela del autor norteamericano es difícilmente alcanzable.

Intemperie es una novela agradable, de lectura sencilla gracias a la magnífica escritura, pero que deja algunas dudas en el aire sin llegar nunca a resolverlas. Un digno debut literario sobre el aprendizaje forzoso de un niño que se ve obligado a huir de su familia y de su propia vida al que “la intemperie había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida”.

Publicado en Otro Lunes (nº 30)

lunes, 18 de noviembre de 2013

La reinvención de la soledad

La invención del amor. José Ovejero. Alfaguara, 2013. 256 páginas. 

Escribimos por la misma razón que leemos y por la misma que nos dejamos llevar por la imaginación: para poder vivir en otras vidas. Necesitamos de las historias para sobrevivir, para escaparnos de lo que a veces nos parece una vida tediosa o para sentirnos vivos; en definitiva, para completar nuestra existencia. Esa es la razón de que, por ejemplo, exista el cine, la televisión o la literatura. 

Sobre ese pivote, la imaginación, gira una y otra vez la última novela de José Ovejero, ganadora del Premio Alfaguara de Novela de 2013 y editada por el mismo sello. Samuel es un joven normal, un preso de la cotidianeidad, que sin embargo no tiene aparentes quejas con su vida. Es socio en una pequeña empresa dedicada a una rama de la construcción, tiene un grupo de amigos con los que pasar el rato y se confiesa como lo que un buen amigo mío considera un solterón alegre de su condición. 

Pero los cambios llegan, para bien y para mal, cuando menos lo esperas. Abres la puerta y, ¡bum!, ahí lo tienes, sin envolver. En este caso, recibes una llamada y tu vida cambia por completo. “Samuel, hola, soy Luis. Tío, no me lo puedo creer. Clara… Clara ha muerto.” Ya está, el motor de cambio de una vida acaba de instaurarse. El problema es que, en la novela, el cambio arranca en el sitio en el que no debe, ya que Samuel, el protagonista, no conoce a ninguna Clara. A pesar de ello, su tedio tras una noche de copas en la que piensa que su vida gira en torno a una repetición constante le lleva a hacerse pasar por ese otro Samuel que no es. De esta forma, decidido a no sabe qué, acude al funeral de Clara, con la vaga idea de saber quién es y de conocer a la persona que lo ha avisado del accidente, sin duda confundiéndolo con otro Samuel. 

Sin embargo, quién sabe si la excitación, la necesidad de inventar historias o el puñetazo que recibe del marido de Clara en el tanatorio lo llevan a seguir con la pantomima para conocer más de esa mujer y, sobre todo, de ese otro en el que se va a empezar a convertir poco a poco. ¿Por qué se merecía ese puñetazo? ¿Qué ha hecho Samuel? ¿Quién era en la vida de Clara? Para contestarse todas esas preguntas se vale de una mujer que lo recoge justo después del golpe recibido y lo lleva a casa; una mujer atractiva, que al principio entendemos como una de las amigas de Clara, a la que iremos descubriendo a la vez que el protagonista, en una clara declaración de la situación del lector en toda la historia. 

La invención del amor narra la vida –o las dos vidas simultáneas– de Samuel, que un día decide emprender una búsqueda del yo a través de su negación, con un proceso por el cual el protagonista se deja llevar por la vida de otro. Ovejero reflexiona sobre el peligroso dominio que la invención ejerce sobre el ser humano. Conocemos poco a poco a Carina, nos enamoramos (o no) de ella, de sus reflexiones, de su pausa y de la proyección que hacemos de su personaje porque aún no lo conocemos. Y nos indignamos con la actitud cobarde de Samuel, porque en el fondo comprendemos ese impulso imprudente de seguir adelante con la mentira. Porque, en realidad, cualquiera de nosotros fabula con ideas similares, con inventarse que es otro para ganarse a alguien o simplemente por el placer de salir de nuestra piel por unos momentos. Pero la impostura siempre conlleva unos riesgos, los riesgos propios de la mentira, que llevada al extremo puede dañar todo nuestro entorno para que el mentiroso siga manteniendo su coraza. 

La novela de José Ovejero es, según sus propias palabras, “una novela de amor para gente que no lee novelas de amor”. Y así es. Nos adentramos en una novela de intriga introspectiva en la que vamos descubriendo los misterios a través de giros narrativos, a veces demasiado inverosímiles, que sólo se atisban una vez sobrepasados. Samuel nos cuenta una historia de amor tan perfecta que en ningún momento alcanza a rozar un ápice de perfección. Y una historia de amor tan ilusoria, la de Clara, fruto total de la imaginación del protagonista, que da pie a la realidad más improvisada y cierta, la que sí vive con Carina. 

Con La invención del amor José Ovejero nos lleva a un Madrid grisáceo y tristón, de calles angostas, vencejos y olor a calamares, pero también al de Atocha, las flores de Tirso de Molina y los paseos por el Retiro. Un Madrid atropellado en el que, aun así, caben reflexiones sobre la invención, el amor –que vertebra sigilosamente toda la obra­–, el deseo o la memoria, como esta: “Nunca me han gustado los álbumes de fotografías: en ellos la gente tiende a parecer más feliz de lo que es, porque solo fotografiamos las fiestas, las celebraciones, las ocasiones en las que estamos con amigos, los viajes, e incluso los momentos en los que no estamos del todo felices, cuando nos ponemos delante de la cámara tendemos a sonreír, a estrechar el cuerpo que tenemos al lado con más fuerza o más emoción de la que sentimos. […] Supongo que los álbumes, o las colecciones de fotos que guardamos en nuestro ordenador, tienden a compensar el trabajo injusto de nuestra memoria, pues ella suele quedarse más bien con lo doloroso, con traumas y frustraciones, con lo que no hemos conseguido, con la situación en la que no reaccionamos como habríamos deseado.”

Publicado en Punto de Encuentro

viernes, 8 de noviembre de 2013

Stockholm syndrome

Explica Javier Marías en una de sus novelas la teoría por la que cuando una persona se enamora no lo hace de alguien, sino contra alguien. El amor puede ser una confrontación inagotable, un continuo cabezazo contra la pared y, algunas veces, una azotea desde la que mirar al horizonte por encima de todo o desde la que arrojarse al vacío.

En Stockholm, segunda película dirigida por Rodrigo Sorogoyen tras 8 citas, el amor es todo eso y más. Pero también mucho menos. La historia comienza una noche cualquiera, en una fiesta cualquiera, con dos personajes cualquiera; es un “chico conoce a chica” clásico. A ella (Aura Garrido) no parece hacerle mucha gracia al principio, pero a base de insistir y perseguirla, él (Javier Pereira) consigue seducirla para que se quede un rato más.

La noche madrileña será reconocible para cualquiera, algunas de las conversaciones que él intenta entablar, y el tonteo con el que intenta engatusarla, también. Sin embargo, a medida que la conversación y la noche pasan, él parece no entender algo: hay un límite que ella no quiere sobrepasar, aunque pudiese llegar a estar dispuesta a hacerlo.

Así se resume la primera mitad de la película, en una sucesión de secuencias casi teatral en la que los dos dialogan sin parar. Y entonces tiene lugar la ruptura, con la escena más poética y efectista de la cinta: un baile de ascensor y escaleras, en el que, mientras suena La gazza ladra de Rossini, una intenta salir del edificio y el otro que no lo haga para al final consumar el beso que toda la noche se intuía. El secuestro al que da nombre a la película se ha consumado.


A partir de entonces, cuando pasa la noche y sale el sol, todo parece haber cambiado. Ahora es él quien parece no tener más ganas de que ella se quede en casa y ella la que pone su paciencia a prueba con el mismo juego que él utilizó la noche anterior para seducirla. Cambio de tornas que puede llevar la situación al límite.

Stockholm es una panorámica de la manera de relacionarse de los hombres y las mujeres, ahora y siempre. Es verdad que la película supone un retrato quizás más fiel de la generación actual, la generación del “quiero esto y lo quiero ya”. La generación de la impaciencia, en la que por la noche, cuando todos nos ven, somos unos, y por la mañana, al resguardo de nuestro escondite, otros completamente distintos. La generación del “he conseguido esto, me ha costado mucho, pero ahora ya no lo quiero”.

El film se apoya incondicionalmente en los diálogos, con una teatralidad que llevan las secuencias a rozar los diez minutos mientras los dos conversan, se aprietan el uno al otro y se prueban. Por momentos, esa tensión latente y el cambio de tornas puede recordar vagamente a los funny games de Haneke, sobre todo cuando ella lleva el peso de la conversación. Aura Garrido (Crematorio, El cuerpo, Los ilusos) brilla por encima de todo con luz propia, y con una palidez tan lúcida como bella, que le han valido una merecida Biznaga de Plata en Málaga a la mejor actriz protagonista. Una protagonista que brilla más por la mañana que por la noche, a la que el giro sobre el que pivota la película le sienta de maravilla.

Es por la mañana cuando acompañamos a los personajes a la azotea, desde la que podemos intuir algún edificio emblemático de Madrid. La azotea, que cobra un valor tan simbólico. El aire que no hace más que representar la cárcel sobre la que se erige. “Ya no quiero hacer cosas que no quiero hacer”, dice ella por la mañana en referencia a lo ocurrido la noche anterior. La metáfora de la azotea como única ilusión de escape, la misma que utiliza el escritor Eduardo Ovejero en su última novela, La invención del amor.

Se puede decir, sin desvirtuarla ni una pizca, que Stockholm son dos películas en una, que se mueve entre dos géneros: una comedia romántica cercana a lo indie, en la primera media hora, y algo más cercano al thriller o al drama en la segunda. El resultado es un conjunto que engrana perfectamente, en los que, como mucho, chirría la escena introductoria, que pretende introducir una justificación al título de la película que, con el desarrollo, no habría sido necesaria. Por lo demás, un canto al cine hecho con escasos medios y por amor al arte, nunca mejor dicho, ya que el equipo sacrificó su sueldo para poder sacar adelante el proyecto. Digno de aplauso. Se cierra el telón. Os espera Estocolmo.

Publicado en In Magazine

miércoles, 9 de octubre de 2013

Cuando calla el cielo

Las lágrimas de San Lorenzo. Julio Llamazares. Alfaguara, 2013.

Las historias que envuelven a un padre y un hijo, por lo general, son de una belleza especial. Se me ocurren, sin pensar demasiado, La carretera, La invención de la soledad… La historia que narra Llamazares en su última novela, en esa línea, no es más que la historia de amor de un padre hacia su hijo envuelta en los recuerdos que le suscita la lluvia de estrellas veraniegas durante la noche en la que narra –recuerda, piensa– todo.

Es la noche de las perseidas y el protagonista está esperando que caigan las estrellas del cielo con su hijo Pedro. Es el comienzo de la historia que nos envuelve. El comienzo del fluir de la memoria para el protagonista, que recuerda a su padre, que un día también estaba ahí con él esperando que el cielo se cayese al mar con todos sus dioses.

Es el principio de un deambular por la memoria, por la pasada y por aquella que es proyectada hacia el futuro: ¿qué será de mi hijo?, ¿cómo vivirá cuando yo no pueda estar con él?, ¿qué recuerdo estaré forjando en su memoria?, ¿será capaz de sustituirme por otro alguna vez? La memoria es el centro sobre el que se construye esta historia. La memoria, como podemos ver en seguida, en dos direcciones. El avance del tiempo, que nunca para, la vida como río que va al mar a buscar la muerte. Quizás este sentimiento para con el tiempo quede resumido a las mil maravillas en esta frase del protagonista: “la tragedia de los profesores es que cada curso que pasa tenemos un año más, mientras que nuestros alumnos tienen los mismos siempre.”

Mientras la noche avanza, como metáfora de la vida, el padre va aprendiendo cosas sobre el pequeño Pedro: sus miedos, sus reacciones con respecto al divorcio, la posibilidad de que piense que él ha estado huyendo, el rechazo que podría llegar a ocasionarle esta supuesta huida… Porque el protagonista de la novela, profesor de universidad, lleva años viajando de ciudad en ciudad, recorriendo Europa con el único afán, aunque él no quiera reconocerlo, de huir de su anterior vida. Esa vida que cuando perdemos nos llama con el poder de las sirenas, esa voz que o nos atamos a un mástil o acaba por devorarnos las entrañas. La vida, en definitiva, que disfrutaba junto a su ex mujer Marie, madre de su hijo. “Era hija de emigrantes españoles, de ahí que hablara español a la perfección. Eso sí, con suave acento francés, lo que la hacía aún más atractiva.” Esta es una observación a priori muy normal. Sin embargo, en lo más profundo de su significado late ese amor perdido, esa nostalgia que siente ahora hacia ella y hacia su propio hijo, cada vez más lejos.

Sin embargo, como recuerda que le decía su madre, nadie muere mientras brilla su estrella. Y el amor, como la vida y la muerte, tiene su propia luz y sus destellos. Eso es lo que parece pensar el protagonista sobre su anterior vida, a la que siempre parece tener una pequeña esperanza de volver. Como siempre parece tener la ilusión de volver a ver a su tío desaparecido en la Guerra Civil, al que estaba acostumbrado a ver en un retrato en casa de la familia y al que todos dieron por muerto a pesar de nunca haber recibido la noticia, o a su propio hermano, fallecido en un accidente cuando aún era un niño. Porque la mente de los hombres los hace –nos hace– que vivan en un engaño constante, creyendo que los imposibles, en algunas ocasiones, no lo son tanto.

Pasa la noche y Pedro y él siguen ahí parados mientras se da cuenta de que han pasado doce años desde que nació y que en su vida ya empieza el descenso. Toda esta nostalgia pesarosa es aderezada por el silencio, la estampa de las perseidas dejándose caer sobre el lecho salado del mar y los recuerdos que invaden la memoria del protagonista a traición mientras, como si fuese la última vez, porque cada vez lo siente más distanciado, echa la mano sobre el hombro de su hijo para protegerle de la brisa nocturna de Ibiza.

Las lágrimas de San Lorenzo en este caso son metafóricas, ficticias, enfermizas, porque la nostalgia, al fin y al cabo, es una especie de enfermedad. A través de una estructura que se fragmenta y desfragmenta entre recuerdos del padre fallecido, pensamientos y retornos mentales a la casa familiar, consejos fallidos al joven Pedro y lamentaciones por la vida y el tiempo perdidos, Julio Llamazares reflexiona y cuenta una historia sobre el paso del tiempo y las raíces, sobre los lazos familiares y la importancia de mantener viva siempre la esperanza. Una historia, en definitiva, sobre el amor de un padre por su hijo y el recuerdo de cuando él mismo era todavía el hijo al que echaban la mano por encima del hombro para protegerlo del frío. Un recuerdo de cuando era plenamente feliz.

Publicado en Otro Lunes

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Memorias de estío

Todo lo que una tarde murió con las bicicletas. Llucia Ramis. Libros del Asteroide, 2013. Prólogo de José Carlos Llop.

“Ocultar los recuerdos como si fueran guerreros de juguete que perdieron la vida en una batalla ficticia. Los enterramos a los pies de un árbol, rezamos un par de oraciones y los olvidamos al cabo de unos días. Una tormenta y el tiempo remueven la tierra. Del lodo resurgen, maltrechos y descoloridos, aquellos guerreros infantiles que dábamos por desaparecidos.”

Siempre que termino una novela me gusta extraer una frase que la pueda identificar o resuma con brevedad lo que transmite. En el caso de esta obra nunca tuve duda de que tenía que ser este bellísimo párrafo. Para la narradora que nos cuenta esta historia esa tormenta se llama paro y la consecuencia más directa del chaparrón es que tenga que volver, con la treintena ya cumplida, a vivir en casa de su familia.

En la primera página la autora despeja la duda que muchos tendrían en caso de leer el libro sin ver antes la nota aclaratoria: “Esto no es una autobiografía”, escribe. Sin embargo, aunque a lo mejor no es la de la propia autora, la novela sí es una autobiografía en el sentido menos taxativo de la palabra. Es la autobiografía de un personaje, la narradora, que cobra vida y nos cuenta en su voz las vivencias de varias generaciones.

La escritora habla, fundamentalmente, de la familia y del paso del tiempo. De la familia como una unidad vehicular entre el pasado, el presente y el futuro; y del paso del tiempo como el pie a la introspección de la narradora y como el modo que tiene de conocerse a sí misma a través de los demás.

Todo lo que una tarde murió con las bicicletas –título nostálgico en su misma esencia– supone una mirada al pasado, una evocación de las largas e interminables jornadas estivales, en las que apenas nada importaba, hecha desde la madurez y la dureza del presente para la narradora de la historia. 

A lo largo de las páginas Llucia Ramis da una pequeña vuelta de tuerca a las novelas de sagas familiares, reinterpretándolas para obtener un resultado que nada tiene que ver con ellas, a las que supera –o actualiza– se mire desde donde se mire. Y lo hace con una escritura pausada, no pensada para aquellos que sólo degluten palabras, que se disfruta en cada línea, se degusta en cada intersección. La obra de Ramis conserva el sabor y el olor del verano para rememorarlo desde el más despótico de los inviernos. La escritura transcurre lenta, asemejándose a ese propio estío para el que parece idónea, y cargada de pequeñas historias familiares que azuzan a la trama central en una constante pugna entre el lirismo y la crudeza. 

La continua aparición de estas anécdotas familiares –historias de abuelos, padres e hijos–, así como la importancia de los detalles que la autora desliza entre los pensamientos de su personaje, tildan la novela de un estilo intimista que aporta esa porción de realidad que toda ficción necesita, por inventada que sea.

No querría terminar de hablaros de esta obra sin reseñar el prólogo que le dedica José Carlos Llop a Llucia Ramis, que merece –al menos– un párrafo. Una introducción delicada, personal y cargada de buenas palabras y memorias con la que abre de forma magistral este libro. Si yo fuese Llucia –ya me gustaría escribir la mitad de bien– estaría orgullosísima cada vez que la leyese.

Publicado en Punto de Encuentro

lunes, 2 de septiembre de 2013

El dramaturgo y el mar

Shakespeare y la ballena blanca. Jon Bilbao. Tusquets Editores. 232 páginas. 

Probablemente si antes de leer este artículo te levantas y preguntas a la gente de tu alrededor cuál es la ballena más famosa de la Literatura, la mayoría te responderá, sin dudar, que es Moby Dick. Y efectivamente lo es. Y si, antes de volver a sentarte, haces preguntas sobre Shakespeare, las respuestas que obtendrías podrían ser divagaciones sobre El sueño de una noche de verano, llevada al cine en algunas ocasiones, sobre la archifamosa película Shakespeare in love, que da pinceladas sobre la vida y obsesiones del dramaturgo, con mayor o menor acierto; y, si tienes algo de tino, quizá te hablen de Hamlet, MacBeth o Ricardo III. 

Jon Bilbao, de un plumazo, o más bien en unas cuantas páginas, rompe en cierta manera con esos mitos. O quizás sea más acertado decir que nos proporciona una visión distinta de ellos. En su nueva novela, el escritor asturiano nos habla de un Shakespeare muy distinto al que nos han retratado en otras ocasiones. Un Shakespeare que se enrola, o lo enrolan, en un barco lleno de marineros y militares, junto a una compañía de teatro, para ofrecer unas representaciones a la corte danesa en nombre de la reina Isabel de Inglaterra.

Shakespeare y la ballena blanca narra las tribulaciones del Nimrod cuando es atacado varias veces por una ballena de aspecto siniestro que incluso porta cadáveres humanos sobre su propio cuerpo, trofeos de ataques anteriores a otros buques. Para Shakespeare el encontronazo con la ballena supone la perfecta excusa para echar a rodar la maquinaria creativa y ponerse a imaginar lo que él considera que será la gran obra maestra de su carrera. Una representación con la que revolucionará la manera de hacer teatro y quedará para siempre en la memoria colectiva, una idea que, llevada a cabo de la forma idónea, confirmará que, como dramaturgo, es un adelantado a su tiempo.

La escritura de Jon Bilbao es envolvente –lírica en ocasiones, directa en otras– y nos adentra en un mundo novelesco, con puntadas de ficción clásica, en el que alternamos la aventura del navío con los recuerdos del Bardo, en forma de flashback, alucinaciones o simples evocaciones que surgen mientras fabula con su nueva creación. Son esas analepsis las que Bilbao aprovecha para contarnos, acertadamente, algunos episodios de la vida de Shakespeare que humanizan al personaje, lo acercan al lector y ayudan a comprender mejor algunas de sus obsesiones patentes a lo largo de la novela.

Por otra parte, el Londres oscuro de la época, el de las tabernas, el de Marlowe y el conde de Essex, queda retratado a la perfección sin que los personajes lleguen siquiera a pisar su suelo sucio. Igual que el retrato del Shakespeare dramaturgo, perfectamente dibujado en las páginas de la obra. A pesar de que nunca le vemos escribiendo ningún acto, podemos intuir en el personaje al genio innovador que fue William Shakespeare. Su lucha por la inclusión de mujeres representando sus papeles, su aversión a que estos fuesen interpretados por niños, su obsesión por los decorados del Globe o, incluso, su ferviente creencia en derribar la cuarta pared y hacer al espectador partícipe de la obra; todo eso queda perfectamente ensamblado con el Shakespeare que imagina, recuerda, y sufre temores.

La construcción de los personajes mediante la alternancia de momentos “a tiempo real” y remembranzas del pasado permite conocer el porqué de algunos comportamientos y reacciones, véase la rivalidad entre Shakespeare y Marlowe, por ejemplo, así como oculta la información precisa para mantener al lector esperando desenlaces hasta el último momento. Será la amistad entre el Bardo y Henry Wriothesley, conde de Southampton, la que aporte el giro final que ayude a entender por qué el escritor no sigue adelante con la que, considera, será su gran obra.

Poco a poco, las ideas de Shakespeare para su obra de teatro se funden con la realidad del Nimrod hasta el punto de fundirse casi por completo. Pero… ¿pensó Shakespeare el Moby Dick que escribiría Melville un cuarto de milenio después? Es imposible saberlo con certeza, pero para qué queremos saberlo si mientras tanto podemos disfrutar de fábulas como la de Jon Bilbao. Shakespeare y la ballena blanca es una novela de historia-ficción con muchas referencias y con el regusto a salitre de las luchas que se libraban en la propia Moby Dick o en El viejo y el mar de Hemingway.

Publicado en Punto de Encuentro