martes, 11 de febrero de 2014

El cineasta, al diván

Un hombre adulto se hunde en una piscina de la que parece imposible que vaya a salir. Mientras tanto, una serie de imágenes se suceden en pantalla intercalándose con la lucha por salir a flote de este tipo, que no es otro Guillaume. La imagen es un reflejo, una metáfora, de la psicología del personaje, en eterna lucha consigo mismo desde pequeño, y en pugna con su familia, por autodeterminar su sexualidad, su idiosincrasia y el modo en el que quiere vivir su existencia.

No es el único momento de la cinta en el que Guillaume flota, el protagonista fluye durante los 85 minutos con un toque de comedia a veces excesivo. A través de la representación de un monólogo teatral Guillaume se funde con la narración de su pasado, con un fondo negro que puede llegar a simbolizar el estado anímico del personaje. Que la película esté narrada en clave de comedia es arena de otro costal, pero lo cierto es que la historia de Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! tiene mimbres dramáticos y arrugas donde tendrían cabida, desde luego, estudios psicológicos sobre los comportamientos y las relaciones que establecen los personajes.


En este sentido, la interacción entre el propio Guillaume y la madre cobra una importancia vital en el desarrollo argumental. Por momentos, la dependencia que muestran ambos del otro es enfermiza, llegando a una resolución –buen giro de guion mediante– con la que un freudiano se frotaría las manos. Esta relación, un tanto demente, entre la madre y el hijo, es perfectamente representada con la interpretación por parte de Guillaume Galliene de sendos personajes, creando situaciones verdaderamente esperpénticas de las que termina por salir airoso.

La correspondencia que establece el espectador con lo que ve en la pantalla oscila en torno a varias sensaciones. Por momentos Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! puede hacer reír, incluso arrancar algunas carcajadas, con sus chistes; sin embargo, en otras ocasiones, lo que provoca es el gesto torcido, la incomodidad o incluso la lástima por un personaje envuelto en una cierta corriente de patetismo. Guillaume Galliene hace un buen uso del guion sin sobrecargar demasiado lo cómico, pero sin obviar lo dramático, ayudándose para ello de un montaje que cohesiona el relato monologado con la representación en la pantalla del pasado que éste cuenta. 

Entre tanto, mientras vemos los vaivenes de Guillaume en su intento por descubrir su sexualidad y la situación que ocupa para su familia, la película se entretiene con el humor. Se suceden a lo largo de la cinta gags que van desde lo absurdo y embarazoso (el momento Diane Kruger) hasta el humor fácil fruto de los clichés (la representación de países como España –jacarandosa y flamenca, claro– o Inglaterra), pasando por la crítica ácida al sistema institucional, con un momento brillante –la cruz amarilla es quizás la secuencia más lúcida del film– en el que Galliene satiriza lo ultrarreligioso con evidente sorna.

El cineasta francés narra una historia autobiográfica en la que es casi omnipresente: dirige, escribe y protagoniza. Para ello se vale de un texto cargado de símbolos con los que grita el mensaje que quiere transmitir sin apenas decir nada (la metáfora del domador de caballos es un gran ejemplo). Lo mejor para él es que sale entero de su primer largo, con un final que supone una revelación súbita para el protagonista, la madre e incluso el público. 

Guillaume y los chicos, ¡a la mesa!, ópera prima del director, supone una introspección hacia la mente del creador, su recorrido vital y su memoria del pasado, en clave de humor, que está arrasando en su país de origen y que opta a los mismos premios César que obras de la talla de La vida de Adèle. Y eso, pese a sus evidentes diferencias, no es casualidad.

Crítica publicada en Esencia Cine

El dedo en la llaga

Atta. Jarett Kobek. Alpha Decay. 208 páginas.

La confrontación está presente en cada una de las páginas de Atta. El escritor estadounidense de origen turco, Jarett Kobek, reflexiona sobre los atentados del 11-S desde un punto de vista completamente nuevo con respecto a lo que se ha podido leer sobre el tema anteriormente. La obra de Kobek es una especie de híbrido entre la novela y el ensayo a través del que el lector conoce la biografía (ficticia en multitud de pasajes) de uno de los baluartes de Al Qaeda en el momento del ataque a las torres gemelas: Mohammed Atta.

Con una estructura dividida en dos historias, el autor reflexiona sobre la cultura y la religión musulmanas desde puntos de vista poco convencionales en el mundo occidental. Se puede considerar una provocación, pero no creo que sea esa la idea principal que subyace en el texto. Kobek se acerca al terrorismo fundamentalista desde una perspectiva abierta que invita a la reflexión y que atrapa desde la primera página. 

Por un lado el lector asiste a los últimos meses de Mohammed Atta, en los que se infiltra en la sociedad norteamericana y prepara los atentados con toda minuciosidad; por el otro le conocemos en su etapa estudiantil, en el seno de una familia acomodada en El Cairo, mientras se documenta para su tesis sobre la imposición de la arquitectura occidental en Oriente Medio. Los dos arcos temporales, bien diferenciados, son un bastón para llegar al estrato más primario de un personaje ficticio basado en uno de los nombres más relevantes en este principio de siglo. 

En su etapa más joven Kobek narra cómo se moldea su mentalidad, generando un cierto rechazo a la sociedad occidental, pero también se dejan ver algunas costumbres, tradiciones y rutinas que lo acercan a la normalidad en la que cualquiera podría reconocerse. Las teorías de conspiración empiezan a dejarse ver en cada uno de los pensamientos del Atta más joven. Sirva como ejemplo la siguiente frase: “Walt Disney es el rostro humano del neocolonialismo. Atrás han quedado los cañones británicos y belgas, las escaramuzas de los franceses. En su lugar hay un nuevo caballero oscuro, un hombre que arrodilla a los musulmanes, que los seduce con vicio y blasfemia. Una iconología sofisticada que penetra en las mentes, que abusa de las almas”.

No es la única reflexión en este sentido, aunque Walt Disney es un blanco muy recurrido por el personaje, que también vierte su odio visceral hacia Israel, al que acusa de ser el domador de Estados Unidos, o muestra su rechazo hacia Monica Lewinsky, la que asegura que sólo es una espía judía. Sin embargo, la idea que deja poso al final de la lectura es la de la propia tesis de Mohammed Atta: la imposición de la arquitectura occidental en Oriente Medio como una forma de dominación cultural. ¿Y si los ataques del 11-S sólo hubiesen respondido a esta suerte de despotismo arquitectónico? Es la pregunta que parece querer lanzar el escritor turco americano con reflexiones como la siguiente en boca del personaje: “El nuevo edificio es una imponente monstruosidad, un símbolo más del imperialismo occidental. La vista desde nuestra sala refuerza mi sensación de intromisión extranjera.”

El relato de Kobek resulta provocador, al introducir el dedo en una llaga abierta como es el terrorismo islámico, y yendo más allá, buscando una causalidad y no limitándose sólo a las consecuencias devastadoras del acto. Todo tiene su origen, incluso las confrontaciones, y lo interesante de esta novela ensayística es que bucea en la mente de uno de los artífices para fabular con esas posibles chispas que dieran lugar a semejantes ataques de odio. 

Atta es rematado, además, por un breve relato, “El Whitman de Tikrit”, que narra el último día de Sadam Hussein en libertad. Jarett Kobek ha creado una obra muy recomendable para comprender un poco mejor la sociedad del miedo y la desconfianza en la que vivimos. El rechazo a lo distinto o lo extranjero que, llevado al extremo, deja horrores como los que todos tenemos grabados a fuego en la memoria, pero también como el resto, los que desconocemos, aquellos de los que no nos informan pese a seguir sucediendo día tras día.

Acercamiento a la 'nouvelle'

Ha dejado de llover. Andrés Barba. Anagrama, 2012. 208 páginas.

El relato breve condensa la narrativa de una manera excepcional. En pocas páginas siembra la semilla, hace crecer el fruto y lo recoge. Por eso se antoja, generalmente, el género más complicado para el autor que escribe. En esta obra, Andrés Barba se adentra en él y deambula por sus recovecos con solvencia. Con su narrativa aparentemente sencilla, lo cual desvela una amplia complejidad en los mecanismos, el escritor se adentra en las vidas de cuatro personajes en momentos muy determinados de su existencia: ese momento en el que, después de todo, descubres el sentido de la vida de otra persona, o su secreto, o alguna de sus inquietudes. 

En su novela Agosto, octubre Barba contaba una historia terrible, de esas que se quedan grabadas en el recuerdo y vuelven, cada cierto tiempo, para atormentar nuestra memoria. En este conjunto de relatos, de temática aparentemente más suave, el autor se centra en lo rutinario. La cotidianeidad es el origen de la literatura. Siempre suele serlo. 

Un joven que conoce a una chica que hará que su vida se tambalee y cambie por completo, una mujer que se detiene en la observación de la asistenta de su madre en los últimos meses, una adolescente que empieza a experimentar con el amor y un encuentro entre dos mujeres, madre e hija, después de la última vez que se vieron en el funeral del padre. Sorprende el retrato íntimo de los sentimientos en las cuatro narraciones. Y sorprende, además, que en tres de ellas, el protagonista sea una mujer y la narración siga siendo un retrato perfecto de esa idiosincrasia. 

Los mecanismos narrativos de Barba son similares en las cuatro obras, con alguna diferencia en la última, Compras, más cercana a la nouvelle que al relato y en la que los personajes se encuentran a sí mismo y se reflectan en el otro a base de conversaciones, caparazones y reflexiones. Quizás el relato que se sitúe en la cumbre de Ha dejado de llover sea Infidelidad, en el que una joven adolescente experimenta sus primeros pasos en el terreno de las relaciones con un chico al que no termina de comprender y amar, mientras descubre que su padre es una persona con un secreto importante. El desglose de reflexiones, sentimientos y comportamientos supone un acercamiento acertadísimo a la lógica humana.

Andrés Barba juega con las dualidades: el éxito y el fracaso, el amor y la infidelidad, la vida y la pérdida, como forma de aproximarse al retrato psicológico de unos personajes que tienen mucho de cualquiera de nosotros. Un conjunto de pequeñas construcciones, en un lugar común y perfectamente reconocible, Madrid, que vuelven a los temas comunes en su obra narrativa anterior. En La hermana de Katia la inocencia y los descubrimientos sociales eran el centro narrativo y en La recta intención, otro conjunto de cuatro nouvelles, similar a esta obra, los temas volvían a ser los mismos. Ha dejado de llover, por su parte, confirma una vez más a Andrés Barba como una voz fundamental en su generación. Un autor a tener muy en cuenta.

jueves, 23 de enero de 2014

'Nymphomaniac. Vol. 2': la incomodidad como arte

El sufrimiento aparece en Nymphomaniac de forma abrupta. El principio, benévolo y con cierto humor, narra la historia surrealista de cómo Joe, cuando tenía cinco años, tuvo un orgasmo espontáneo acompañado de una epifanía. Tras este respiro llega la crudeza de un segundo volumen en el que el cineasta danés no sortea la polémica y se adentra de lleno en un camino espinoso en el que Charlotte Gainsbourg cobra todo el protagonismo que se le presuponía.

Nymphomaniac. Vol. 2 es similar a su antecesora, pero contiene diferencias significativas. El sexo deja de ser algo atractivo para convertirse en penitencia y castigo para Joe. La ninfómana empieza contando su etapa sadomasoquista, con constantes referencias religiosas y bíblicas (los latigazos, la metáfora sexual como tránsito entre la iglesia ortodoxa-oriental y la romana-occidental…). Reconoce Seligman, en el que se intuye la voz de von Trier, que no cree en Dios pero la religión le parece un tema muy interesante.

El guion da continuidad a la estructura que vertebró el primer volumen, con la excepción de que Seligman pasa de ser un interlocutor que sólo escucha a tomar la palabra y llegar a cuestionar a su huésped, algo que nunca había ocurrido hasta entonces. El personaje de Stellan Skarsgard toma especial relevancia en los dos diálogos más controvertidos de la película: uno sobre la pedofilia, con mensaje polémico y una argumentación fundamentada de Joe a la que se contrapone el viejo desde la perspectiva del público; el otro sobre la distinción de género que existe a la hora de abordar el sexo. ¿Hubiese sido distinta esta historia con un hombre como protagonista? Ahí queda la pregunta. 


El autor danés se recrea mucho más en esta segunda parte, su cámara provoca con imágenes duras –el pasaje de Jamie Bell– y grotescas –el chusco ménage à trois de Joe y dos corpulentos negros– y momentos que rozan el asco y la brutalidad. La película es apabullante y nada complaciente. Von Trier no evita polemizar y busca meter el dedo en la llaga con primeros planos de carne viva, fruto de los latigazos, sangre brotando de las llagas de Joe o primeros planos de escenas sexuales o violencia explícita. La incomodidad de las imágenes se manifiesta en concordancia con el recrudecimiento de la historia y con la propia vacilación de Seligman en determinados momentos. Sin embargo, cuando lo desea, el cineasta sabe crear imágenes verdaderamente poéticas y potentes, como la bellísima autocita a Anticristo que incluye en uno de los capítulos.

En la segunda parte de Nymphomaniac los símbolos se siguen sucediendo en la pantalla, acompañados de nuevo por unos subrayados excesivos, en ocasiones completamente innecesarios, y una música que merodea entre la polifonía de Bach y la forma de componer de Beethoven –otra representación del cambio que experimenta la vida de la protagonista– para después pasar al punk con el que se ilustra uno de los puntos inflexivos más suculentos del personaje. La versión de Hey Joe con la que Charlotte Gainsbourg entona el final merece una mención aparte a la banda sonora. 

Sorprende la brusquedad con la que llega el atropellado final, reconocida a Seligman por la propia Joe: “creo que he querido llegar muy deprisa a la parte final”. Extraña la precipitación, sobre todo, porque viene precedida de demasiadas digresiones menos primordiales. No obstante, a pesar del oscilante último tercio, el director aporta una solución que, pese a no brillar como mereciese, funciona y completa una obra a tener muy en cuenta en la filmografía del danés.

Y entonces, fundido a negro. Regusto a brillante incomodidad. Hey, Joe…

Crítica publicada en Esencia Cine

jueves, 9 de enero de 2014

'The Grandmaster', evocación oriental de la belleza

La lluvia golpea cada esquina del encuadre. Una puerta se cierra y el patio en el que se sitúa la acción queda totalmente clausurado. El sonido de las gotas sobre el suelo ya mojado sólo es roto por el de los golpes de un hombre, Ip Man, que pelea contra todo un ejército de hombres. La potencia visual de las imágenes en esta primera secuencia no es más que un adelanto de lo que será The Grandmaster, un auténtico prodigio visual.


La cámara de Wong Kar Wai se desliza, danza, sensual, entre los contendientes en una coreografía perfectamente orquestada en la que en cada uno de los combates transluce la labor de Yuen Wo Ping, coreógrafo de escenas de acción en títulos como Matrix o Tigre y dragón. La belleza visual alcanza momentos de absoluta poesía. La cámara lenta y lírica del cineasta chino se alterna con la vertiginosidad de los combates, rítmicos, perfectamente estudiados por unos actores entrenados en las artes marciales para trasladar a la pantalla con veracidad sus personajes.

Ip Man (Tony Leung) será a partir de entonces el conductor, no tanto el personaje principal, de una historia que habla de artes marciales, de disputas entre academias y estilos, pero también de venganzas, amor y lealtades. El guion, cuasi lineal, aunque algo caótico en ocasiones, traza el camino del maestro desde tiempos de la China republicana hasta la etapa comunista de Mao, pasando por las cruentas invasiones japonesas o la guerra civil posterior.

No obstante, pese a ser el aparente personaje principal, Ip Man cede el testigo del protagonismo en diversos momentos a otros personajes, encargados de aportar una visión global del espíritu de las artes marciales en aquella época. Las academias, las diferencias de estilo de lucha e incluso las rencillas políticas conforman un territorio de desconfianza y reyertas que adquiere su punto de auge en la rivalidad entre Gong Er y Ma San.

Gong Er, gran Ziyi Zhang, es el personaje mejor trazado a lo largo del film. Última heredera de la familia Gong, si fuera hombre estaría destinado a tomar el relevo a su padre, gran maestro, pero el viejo Gong Baosen no quiere que se dedique a las artes marciales y sí que se case y sea una doctora. No obstante, su carácter pétreo la lleva más allá de los designios de su padre y se ve envuelta en una confrontación fruto de la venganza con otro de los maestros, Ma San, cuando éste traiciona al viejo Gong. En su camino conocerá a figuras como El Navaja (Chang Chen), maestro de una modalidad más callejera, o al propio Ip Man, con el que vivirá una historia de amor, encuentros y desencuentros que vertebrará buena parte de su vida.

Los paisajes neblinosos o nevados y los oscuros ambientes callejeros pugnan con los interiores cálidos, de tonos rojizos y dorados, de los apartamentos o el burdel gracias a la sugestiva fotografía de Philippe Le Sourd que, junto a una banda sonora evocadora y onírica creada por el habitual Shigeru Umebayashi, es el complemento perfecto a la plasticidad y belleza poética propias de Wong Kar Wai.

The grandmaster no es una historia sobre Kung Fu sino mucho más. Es una película que narra la palpitación de un periodo de la historia china en la que las artes marciales cobraron una relevancia excepcional. Y lo hace con la maestría propia de un cineasta elegante, fino, romántico, que se detiene en las miradas, los instantes precisos, lo carnoso de unos labios de mujer o la quemadura contenida de la sangre sobre la piel. Un Wong Kar Wai excelso.

Publicado en Esencia Cine

Subexposición literaria

La habitación oscura. Isaac Rosa. Seix Barral, 2013. 256 páginas.

El término subexposición se utiliza en el ámbito fotográfico para nombrar la técnica consistente en tomar una instantánea disminuyendo la luminosidad con el fin de conseguir un efecto determinado cercano a la penumbra. En su última novela, La habitación oscura, Isaac Rosa se sirve de una variante de este concepto, tanto en el argumento, con la referencia permanente de la sala oscura, como en la forma, con una narrativa bajo la que subyace la oscuridad social de los últimos tiempos. 

La trama es una de esas historias aparentemente sencillas en las que desde el principio se intuye un desenlace menos cómodo de lo que se aparenta. Un grupo de amigos cualquiera, en un local alquilado en la ciudad, durante una noche cualquiera de sábado en la que tiene lugar un apagón en la red eléctrica. La oscuridad cae accidentalmente sobre todos los protagonistas, que son a la vez narradores. Todos son uno y todos son todos. Como no podía ser de otra forma, el encuentro deriva en una fiesta orgiástica que marcará de por vida a los participantes.

Hasta aquí, nada del otro mundo. La vuelta de tuerca que da lugar a la novela surge cuando, tras la vuelta de la electricidad al barrio, el grupo, embriagado por la agradable sensación anónima de esa primera noche oscura decide crear un espacio para repetir la experiencia cada vez que lo deseen. La habitación oscura, que no filtra ni una gota de luz, funciona durante toda la novela como una metáfora de la cobardía con la que se enfrenta la sociedad actual a la vida. Se convierte poco a poco en el escondite para todo aquello que hace sentir mal o incomoda a sus beneficiarios, en “el pozo hacia el que todas las vidas desaguan”.

Desde la primera página Isaac Rosa nos trata de incluir en la última noche de esa habitación secreta, en la que los presentes esperan que alguien misterioso y desconocido para el lector vaya a buscarlos. La frase inicial es una muestra evidente de esa intención: “Vamos, entra, no te quedes ahí. Ya estamos todos”. Una clara interpelación al lector con la que trata de llevarlo a su terreno. A partir de entonces, la voz narrativa cambia de persona y de tiempo con la misma velocidad con la que el lector se adentra hasta el último sofá y con la que transcurre la historia merced a un ritmo narrativo trepidante.

Mientras el narrador –o los narradores, según el momento– nos cuenta la puesta en práctica y las consecuencias del pacto tácito sellado tras esa primera noche oscura, el autor intercala fragmentos que, bajo el sugerente título de Rec, muestran a desconocidos y anónimos que están siendo espiados a través de sus pantallas de ordenador o de sus dispositivos móviles. Evidentemente, las dos líneas se terminan entrecruzando en un giro excesivo, que no se deja ver hasta que lo tenemos impreso en nuestras manos. 

Isaac Rosa cuenta la historia del grupo de amigos mediante un rico abanico de técnicas, algunas más propias de otras disciplinas artísticas, como pueden ser el timelapse o un rewind en el que pasamos del futuro al pasado de los personajes a un ritmo vertiginoso. Esta diversidad de técnicas narrativas es uno de los puntos más atractivos de la obra. El autor construye, mediante un estilo fresco y vivo, una narración que reflexiona sobre el paso del tiempo, la nostalgia, reflejada en la mirada hacia atrás que supone la última noche de la sala oscura, y la metamorfosis del espíritu juvenil con el paso de los años. 

La crisis económica, subyacente durante toda la obra, junto con el apartado tecnológico, que aporta reflexiones sobre la seguridad digital y los peligros de las nuevas tecnologías, aportan dos patas robustas que descargan el peso de la historia principal cada vez que ésta parece empezar a agotarse. Estos dos elementos narrativos, por otra parte más tangibles y actuales, junto con las reflexiones sobre el presente, los movimientos sociales, los empresarios sin escrúpulos, etc., confirman a La habitación oscura como una obra absolutamente actual e imprescindible en la carrera literaria de Rosa.

Publicado en Punto de Encuentro