jueves, 20 de diciembre de 2012

Luces y sombras... y más sombras

La mujer de sombra. Luisgé Martín. Anagrama. 232 páginas. 16’90 €. 

Luces y sombras. Tal vez esa corta expresión sea la mejor definición que encontremos para el ser humano. Todos tenemos secretos y, por lo general, tienen un magnetismo mayor que el de todo aquello que sí dejamos ver. Sin embargo, cierto es también que, en la mayoría de las ocasiones, es preferible no conocer según qué cosas. 

La mujer de sombra ahonda en ese pantano de los secretos, en ese “cenagal” que es la vida, “una emboscada” en la que cada persona tiene siempre más de un rostro. Luisgé Martín nos transporta a los más bajos instintos de los hombres, a la perversión, el sexo y la violencia, y simultáneamente nos habla del amor, la verdad o el mecanismo oxidado de las relaciones humanas. 

Guillermo es un hombre felizmente casado con Olivia, cuyo verdadero nombre es Nicole. El matrimonio cuida de su hijo Erasmo y lo educa desde el amor y los libros. Todo sería idílico si no fuese porque él tiene una amante. Pocos días antes de fallecer en un accidente de coche, Guillermo se derrumba y le cuenta todo a su amigo Eusebio. Ella es Marcia, una mujer dominante, con la que él traspasa semanalmente la delgada línea que separa el sexo del dolor y la humillación. Ella es el secreto inconfesable de Guillermo. 

Tiempo después de la muerte de su amigo, Eusebio decide lanzarse en búsqueda de esa mujer a la que Guillermo no podía dejar de ver. Por supuesto que lo consigue, pero él, en cambio, no conocerá a Marcia, sino a Julia, una mujer inteligente, cariñosa y tierna, con la que pronto empezará una feliz vida en pareja. Pero la felicidad es algo relativo. 

A partir de entonces, movido por la curiosidad, el morbo y el conocimiento del secreto de Julia, Eusebio se introduce en una espiral depravada e insalubre con el fin de encontrar algún resquicio de esa Marcia que compartía las tardes con su amigo fallecido. Para ello comenzará a frecuentar chats eróticos y a intimar con los allí presentes. Cegado por las ansias de conseguir una confesión que combine a su Julia con Marcia, Eusebio empezará a compartir su vida con drogadictos, voyeurs, chaperos e incluso se adentrará peligrosamente en el terreno de la pederastia. 

Luisgé Martín muestra un mundo turbulento en el que la necesidad de saber se convierte en una carretera infernal; un descenso a las profundidades del morbo en el que la culpabilidad adquiere un matiz distinto y la identidad pierde por completo su importancia. Un espacio, en definitiva, en el que cada persona alberga un monstruo, y cada monstruo, un lado tierno. 

La novela de Martín es oscura, como ese Madrid en la que está ambientada; hipnótica, como las drogas que aparecen en ella; tan brutal, como las situaciones que narra, y enormemente psicológica. En cada una de las páginas el lector se plantea cada acción, cada contexto, pero a su vez no puede parar de leer: desde la primera página ha sido hechizado por esa misma perversión que, como dice Rafael Reig a propósito del libro, nos lleva a no apartar la vista en un accidente de coche y buscar a la víctima.

Publicado en Punto de Encuentro

lunes, 17 de diciembre de 2012

Soliloquio urbano

Ciudad abierta. Teju Cole. Acantilado. Traducción de Marcelo Cohen. 296 páginas. 22 €. 

Las ciudades, al igual que la mente humana, son laberintos repletos de conexiones, callejones sin salida y cambios de sentido. Algo así ocurre con la Literatura, que nos lleva tanto por anchas calles rebosantes de luz como por estrechas vías en las que nos agobiamos con facilidad. 

Teju Cole nos habla en su Ciudad abierta de todo esto. Y lo hace de una forma en la que parece que nunca pasa nada. Tal vez una de las tareas más meritorias, y complejas, del escritor sea la de contar algo de forma que parezca que ha sido sencillo hacerlo. Un buen amigo me enseñó la expresión novela de paseo para esas obras en las que aparentemente no sucede nada, cuyo poso va formando una mancha inolvidable en el lector. Esta Ciudad abierta es, sin duda, el claro ejemplo de ese subgénero. 

Julius es un psiquiatra nigeriano que vive en Nueva York. Su vida se desarrolla entre el hospital y sus ratos libres, que gasta paseando por la ciudad, en museos y cafés. Mientras la rutina de Julius acontece, su pensamiento fluye. Y ese pensamiento, un soliloquio pasado por el filtro de la razón, que por momentos roza el fluir de la conciencia, es el grueso de Ciudad abierta

La voz y la mirada del narrador son los elementos que marcan la diferencia en esta obra. Sin embargo, la reflexión también ocupa un importante cajón, como no podía ser de otra manera, en la mente del psiquiatra. A medida que sus paseos avanzan, Julius recuerda su pasado en Nigeria, su relación con su madre o las conversaciones que mantuvo con personajes variopintos, de naturaleza diversa, entre las que destacan un diálogo sobre las consecuencias y los motivos del 11S o una digresión sobre la situación de los inmigrantes en Europa. 

El autor de origen nigeriano no evita, ni mucho menos, los temas comprometidos. El terrorismo islámico, las dictaduras sostenidas por Occidente o el problema entre judíos y palestinos desfilan por las páginas de la novela como cuchillos afilados que no llegan a herir. Ciudad abierta discurre con ritmo pausado, casi como si fuese a detenerse en cualquier momento, y ni siquiera los giros, bruscos y violentos en algún caso, hacen que pierda un ápice de lirismo. 

La introspección constante de Julius, cargada además de flashbacks y flashforwards, nos muestra una novela de pensamiento, eso sí, muy alejada de la imagen pedante y presuntuosa que solemos advertir cuando sale a la palestra esta expresión. Un texto lleno de arrugas, de textura suave, e incluso de apariencia frágil en ocasiones, que nos lleva de la mano a un final, unas últimas frases, acordes con el resto del camino. 

Ciudad abierta, galardonada con varios premios norteamericanos (PEN/Hemingway, New York City Book Award for Fiction y el Rosenthal de la American Academy of Arts and Letters), quedará en la memoria literaria como una de las mejores novelas de 2012.

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viernes, 30 de noviembre de 2012

Los recuerdos que perdimos

Barrio perdido. Patrick Modiano. Cabaret Voltaire. Trad. Adoración Elvira Rodríguez. 224 páginas. 17’95 €. 

“También Georges Maillot silbaba los mismos estribillos lentos y tiernos”, escribe Modiano en su Barrio perdido como si de una pintada en la pared se tratase. Y así mismo escribe, como nos tiene acostumbrados, con esa cadencia lenta y melancólica del que busca ahuyentar fantasmas e intenta pensar a toda costa que cualquier tiempo pasado fue mejor. 

Tal vez si hay un escritor que tiene un estilo propio y tangible es Modiano. El francés, veterano ya en el panorama literario contemporáneo, ha conseguido plasmar su sello en cada una de sus novelas. Esa melancolía, esa eterna búsqueda de la identidad, o ese refugio constante en la memoria y el recuerdo, se han convertido desde hace años en su leit motiv particular. 

En Barrio perdido, novela de 1984 que ahora rescata Cabaret Voltaire, el escritor nos lleva otra vez a lo que podemos conocer como el París de Modiano. Ambrose Guise, un escritor de novela negra con éxito en Reino Unido, vuelve a París para encontrarse con el editor de su obra en Japón. 

Ambrose Guise, cuyo verdadero nombre es Jean Dekker, vuelve, tras veinte años de ausencia, a pisar su ciudad. Pronto retornará a su memoria aquella ciudad que abandonó tras un asesinato sin resolver, que ahora se le presenta repleta de fantasmas y evocaciones de su etapa allí. “Las personas que uno conoce a los veinte años siempre dejan huella…”, se dice el escritor en una de sus digresiones. 

De esta forma Dekker comenzará a desenmarañar sus recuerdos gracias a las misteriosas conversaciones con Ghita Wattier, a las notas que tomó su marido Daniel De Rocroy, a las que llega a través de ella, y a los recuerdos vagos que conserva de Carmen Blin o Georges Maillot, personajes envueltos en el misterio que se ajustan al patrón del novelista. 

Patrick Modiano juega con la perspectiva del tiempo, alternando la escritura en pasado y presente, para diferenciar las acciones de los recuerdos y adentrarnos en una ciudad siempre a punto de anochecer, llena de misterios y personajes que se tratan de encontrar a si mismos mucho tiempo después. “Por mucho que me lo pregunte, no sé por qué esta noche he encallado, solo, en esta ciudad indiferente donde no queda nada de nosotros.”, escribe. 

Se podría asegurar que cada nuevo libro que se conoce de Modiano es, a su vez, una reinterpretación de su narrativa. Una repetición de historias a lo largo del tiempo, que, sin embargo, continúan atrapando al lector irremediablemente entre sus páginas. 

La memoria y la subjetividad que envuelve a los recuerdos son temas capitales en la obra del narrador francés. En Barrio perdido veremos como Jean Dekker va arrojando luz sobre los hechos del pasado y, poco a poco, vuelve a la noche crucial tras la que decidió abandonar París. 

Una novela poderosa, que nos trae de vuelta el resto de obras de Modiano que, en su conjunto, conforman un melancólico mapa de un París en el que la memoria juega un papel determinante y recóndito. Modiano es, sin duda, un autor indispensable para entender la narrativa francesa contemporánea.

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lunes, 19 de noviembre de 2012

Las oscilaciones del verdadero amor

La felicidad conyugal. Lev Tolstói. Acantilado. Traducción de Selma Ancira, Premio Nacional de Traducción. Barcelona, 2012. 176 páginas. 11 €. 

La decepción y el fracaso son parte inseparable del amor. Rara vez lo hace el luto. Muchas veces ese amor del principio, entregado a la pasión, se queda en el camino y expira. El famoso “hasta que la muerte nos separe” deja de tener efecto entonces. Cuando esto no ocurre, la pasión deja paso al verdadero amor, el tema central de esta novela corta. 

La obra, editada por Acantilado y con una brillante traducción de Selma Ancira, que obtuvo el Premio Nacional de Traducción, se centra en la relación de Masha y Serguéi. Tras la muerte del padre de ella, llega él, un buen amigo de la familia, del que Masha se enamorará pronto y con el que contraerá matrimonio siendo aún muy joven. 

La felicidad conyugal, escrita en 1859, anticipa lo que a la postre sería la propia biografía del escritor, que también se casaría en 1862 con Sofía, una muchacha que era dieciséis años menor que él y cuyo padre era un buen amigo suyo. Por lo tanto, vemos como el escritor narra, tres años antes de que ocurra, lo que acabará siendo su historia. 

A la sombra de sus grandes obras, las inmortales Guerra y paz y Anna Karenina, Tolstói se adentra en esta breve novela en la psicología femenina a través de una narradora en primera persona. La propia Masha nos cuenta el curso de la relación y los cambios que experimenta desde su punto de vista. De esta forma, somos testigos de los primeros encuentros, del enamoramiento juvenil, y, finalmente, de las decepciones, los fracasos y las rencillas, que ceden su lugar a un amor distinto, mucho más sosegado. Se puede decir que, a lo largo de la historia, el lector es cómplice de las dudas y del aprendizaje de Masha sobre lo que significa el matrimonio y el amor hacia una persona. 

Tal vez sea ésta una novela que se pueda proyectar en cualquier tiempo y espacio; no obstante, el amor sobre el que reflexiona Tolstói está impregnado de una perspectiva burguesa y poetizada de la familia, la sociedad o el propio matrimonio. Sorprende, eso sí, la perfecta separación entre los dos personajes; el hombre, más experimentado en los aspectos fundamentales de la vida, y la joven, todavía una adolescente que comienza a vivir por si misma. El verdadero amor, según el propio autor, surge cuando las dos personas igualan su conocimiento sobre la vida y los sentimientos. Entonces, en otra de sus vertientes, vuelven a amarse y a crear un vínculo casi perfecto. 

Es probable que La felicidad conyugal sea una de las novelas menos conocidas del escritor ruso, algo comprensible teniendo en cuenta que posteriormente escribiría Guerra y paz y Anna Karenina, entre otras; sin embargo, es una obra muy recomendable en la que el escritor sembró el germen de su narrativa posterior. En poco menos de doscientas páginas, nos describe a la perfección los vaivenes de una pareja, desarrolla la psicología de los personajes de una manera magnífica y redacta, en definitiva, una bella alegoría del amor conyugal.

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lunes, 12 de noviembre de 2012

La vida que no cicatriza

Diario de un cuerpo. Daniel Pennac. Mondadori. 336 páginas. 21’90 €.

No cabe duda de que nuestra sociedad es la del culto al cuerpo por encima de casi todas las cosas. Ni siquiera el mens sana in corpore sano tiene vigencia hoy, pues las expectativas generadas por la parte física del ser humano han desbordado a las mentales. Sin duda. Y en esta sociedad de la adoración extrema de lo corporal, el escritor Daniel Pennac nos brinda su particular culto al cuerpo. 

Pese a todo, surge una pregunta: ¿llegamos a conocer verdaderamente nuestro cuerpo? ¿Somos conscientes de las secuelas que el paso del tiempo imprime en él? La anatomía es, a menudo, un territorio inexplorado para nosotros. Ni siquiera nos solemos preocupar de cuidarnos hasta que las dolencias se hacen manifiestas. Es entonces cuando el miedo nos lleva a cuidarnos, en ocasiones inútil e irracionalmente. 

De este modo, con el miedo que siente un niño de doce años, comienza este diario. Existen múltiples formas de contar una vida y, en esta obra, la estructura elegida por Pennac es la de un hombre que recoge las sensaciones respecto a su cuerpo, desde los doce años hasta su muerte, a los ochenta y siete. Original. 

Diario de un cuerpo es la novelización de una vida escrita y fechada por el propio personaje, con su lenguaje propio y sus reflexiones. A lo largo de estos nueve cuadernos, en los recoge minuciosamente anotaciones sobre el dolor, el placer o el asco que experimenta, somos testigos del desarrollo de una persona desde la infancia hasta la decrepitud. 

Pennac nos presenta a un protagonista temeroso, que alberga un miedo latente a su cuerpo en el que dice “albergarse ya el mal que acabará con él”, y con un pánico atroz al cáncer, que ya se llevó a su padre cuando aún era muy pequeño, y sobre todo a sus infaustas consecuencias sobre el cuerpo. 

No obstante, a pesar de ser un diario de sensaciones, según transcurre el tiempo y dejamos atrás la infancia del protagonista, el lector se hará partícipe también de su madurez y su vejez. Conocemos así las etapas como soldado de la resistencia, trabajador o vividor por las que atraviesa el protagonista de nuestra mano. Y lo hacemos en tiempo real, gracias a la escritura del diario, pero también desde la actualidad, mediante las notas que el protagonista, ya viejo y al borde de la muerte, incluye para su hija Lison, que heredará estas memorias. 

El diario supone la visión de la vida como una gran cicatriz; como ese camino que acabará por llevarnos, inevitablemente, a la oscuridad. En multitud de ocasiones el personaje se repite, en sus escritos, que no quiere redactar un diario común, sino sólo de lo que experimenta en su cuerpo, aunque es inevitable que, en momentos determinados, afloren sus sentimientos en el papel. A lo largo de los años, y sobre todo cuando la vida va tocando fin, el hombre se desnuda, culpándose de errores como no recordar ni una sola imagen de Mona, su mujer, embarazada, o se echa en cara sus discusiones con su hijo Bruno. Pero también se acuerda con nostalgia del padre o de la cuidadora Violette, muertos siendo él niño, o de sus grandes amigos Tijo o la quebecquiana Suzanne, entre otros. 

Diario de un cuerpo transita la vida sin tapujos. Pennac nos hace reflexionar sobre la fugacidad del tiempo, las relaciones y el amor o sobre la enfermedad y la muerte, con una franqueza elogiable. A lo largo de las más de trescientas páginas, le vemos desvivirse por Mona, y por sus hijos y nietos, a los que adora, con diferentes suertes. La novela del escritor marroquí es una obra reflexiva, de aparente tosquedad por los cambios continuos en la escritura y los estados de ánimo del personaje, pero con altos aportes de lirismo –como la vida misma- y llevada de forma magistral por el autor.

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El matiz gris de la juventud

Aquí todo es mejor. Justin Taylor. Alpha Decay. 208 páginas. 19’50 €. 

A pesar de la apariencia dura –de caparazón, a veces-, que nos empeñamos en mostrar los humanos, lo cierto es que vivimos cargados de inseguridades. La juventud, ese periodo de tiempo indeterminado que transita desde el fin de la adolescencia hasta la adultez, tal vez sea la etapa de más dudas por la que atravesamos. 

Esa juventud es, precisamente, la época que se retrata en Aquí todo es mejor, la recopilación de cuentos de Justin Taylor que recoge la editorial Alpha Decay, una obra en la que todos los personajes van de la veintena a la treintena y arrastran profundos dilemas generacionales. De hecho, ese es el único nexo que une estos cuentos. 

Taylor relata fotografiando, escribe escenas desprovistas de cualquier interpretación, le cede el protagonismo a sus personajes, que desvelan mediante sus vivencias una máxima mucho mayor: la juventud norteamericana, aunque esta pueda ser extensible al resto. 

El autor recurre a unos personajes a menudo solitarios, dubitativos con respecto al futuro, pero con un cierto tono de nostalgia adelantada, y presos de una desolación indiferente que imanta cada una de las páginas del libro. 

Los temas propios de esa juventud que se hace partícipe, como pueden ser unas vacaciones de verano en la casa de un familiar o la pérdida de la virginidad, entre otros, preceden a temas más universales como la situación de la comunidad judía, la religión en su sentido más amplio, el aborto o la futilidad de las relaciones en nuestra sociedad contemporánea, todo ello desde el prisma de esos personajes jóvenes e inmaduros. 

Tal vez el cuento Una pizca de gris, el último de la recopilación, sea el que mejor refleje lo que significa esa generación que se retrata en el libro: ese escalón de lo adolescente a lo adulto. Una muestra de ese vaivén generacional es esta frase sobre las relaciones, cargada de condicionales e incertidumbres: “Tim, treinta y un años, acababa de empezar una relación con Kim cuando su vieja amiga Natalie, veintinueve, le dijo que tal vez estuviera lista para darse, por fin, la auténtica oportunidad que, secretamente, tanto ella como él siempre habían creído que se merecían. Y aunque lo de Kim parecía prometedor, Tim rompió con ella.”

La escritura de Justin Taylor no es de alardes, sino todo lo contrario: es una forma de escribir directa, muy tosca en ocasiones, pero sin caer nunca en el exabrupto ni en lo grosero; incluso por momentos desprende una cierta sentimentalidad, que procede de la propia marginalidad y vacilación de los personajes a los que da vida. Los cuentos del joven escritor norteamericano nos hacen recordar el realismo sucio angelino y a escritores como Bukowski, John Fante o, por momentos incluso, a Salinger, ya que combina esa escritura ruda con temas de apariencia más lírica. No en vano, se le compara con el gran cuentista Raymond Carver.

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martes, 16 de octubre de 2012

La atmósfera 'modianesca'

La verdad sobre Marie. Jean-Philippe Toussaint. Editorial Anagrama. 144 páginas. 14’90 €. 

La narrativa de Toussaint es muy lírica y particular. Quizás estemos ante la parte más compleja a la hora de escribir: crear un estilo propio y característico. Toussaint va camino de conseguirlo, si no lo ha hecho ya; sus atmósferas, su elegancia en las descripciones, sus personajes rotos y la tensión latente con la que llena cada espacio, entre otras cosas, le han otorgado una firma única. El autor belga no deja indiferente a nadie, o enamora sin peros o carga al lector, pero nadie lo lee y devuelve el libro a su estantería sin sentir nada. 

Su literatura experimental le ha llevado a que su nombre sea incluido asiduamente en la corriente denominada como el “nuevo Noveau Roman”, donde también se clasifica a la popular y extravagante novelista Amelie Nothomb. No obstante lo cierto es que sus obras recuerdan y tienen trazos, además, de otros grandes escritores que nada tienen que ver con él, véanse Paul Auster o Patrick Modiano, como muestra. 

En La verdad sobre Marie se nos cuenta el rencuentro de una pareja, que ya no lo es, cuando el nuevo amante de ella muere en su cama y la mujer –Marie- llama desesperada al narrador. Ya desde la primera frase se adivina el tono de la novela. “Más adelante, al rememorar los lúgubres momentos de aquella tórrida noche, caí en la cuenta de que Marie y yo habíamos hecho el amor en el mismo instante, pero no juntos”, confiesa el narrador para abrir la historia. Un magnífico comienzo que ilumina el sendero por el que transcurrirá el resto del relato. 

Desde ese momento, la voz del narrador nos llevará a conocer a Marie, una mujer magnética que perpetúa a la Louki de Modiano o incluso, yendo más allá, a la Maga de Cortázar. El narrador reflexiona, mediante flashbacks, sobre la relación tortuosa que mantuvieron, sobre la ruptura o la continuación de la vida tras el fin del amor. Los recuerdos de Marie que tiene el narrador desembocarán en un retrato romántico, idealizado y muy poético de la protagonista, cuyo aroma impregna todas las páginas de esta obra. 

La noche parisina y el cruce de amantes con el que comienza la historia dan paso, poco a poco, a un desglose de los vértices del triángulo que componen el narrador, Marie, y su nuevo amante: Jean Christophe. La verdad sobre Marie se puede categorizar como una historia de idas y venidas, de encuentros y desencuentros. Un tratado sobre el amor, de atmósfera modianesca, en el que se puede rasgar la tensión entre las ropas de los personajes. 

Las calles de París, el aeropuerto de Tokio, el memorable embarque del caballo Zahír –con guiño a Borges- en un avión, o las conversaciones y el avance de la narración mediante retornos constantes al pasado y al presente, traen a la memoria la Rayuela de Cortázar. Dos protagonistas que se aman pero no se soportan, que se saturan pero también se necesitan. La novela del escritor belga supone la búsqueda de identidad de unos personajes quebrados y abandonados al desasosiego del amor, el desengaño y la soledad compartida. Personajes que, en definitiva, podrían ser cristalizados en cualquiera de nosotros.

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miércoles, 10 de octubre de 2012

Javier Marías rinde culto al cuento

La madre de la necesidad es la invención, repetía Javier Marías la frase, que atribuyó a Cervantes, en el micrófono del Círculo de Bellas Artes en la presentación del que se presume su particular Cuentos reunidos, y que edita la editorial Alfaguara como uno de los tops de la temporada. 

Mala índole, cuyo subtítulo es Cuentos aceptados y aceptables, supone la aportación del narrador al género del relato. El propio escritor aseguraba que en los cuentos, concretamente en varios de los escogidos en este volumen, es donde considera haber alcanzado la cumbre de su prosa. Para Marías, el cuento es el único género que permite al autor una satisfacción total, algo que en la novela es impensable, dadas sus bajadas y subidas constantes y necesarias. 

Pero incluso en los cuentos es crítico consigo mismo. En tono de broma, el novelista aseguraba que ya tuvo sus dudas antes de la publicación de Los enamoramientos, su última novela, y que así fue también al releer sus cuentos para realizar esta reedición. Reconoció que faltan en esta obra los inaceptables, aquellos que le han hecho avergonzarse. 

En esta nueva obra se recogen todas sus piezas en el género, tanto las publicadas en sus dos anteriores libros de cuentos: Mientras ellas duermen (1990) y Cuando fui mortal (1996), así como cuatro relatos inéditos, entre ellos el que da nombre al tomo. 

Por otra parte, Javier Marías reivindicó la idea de escribir cuentos por encargo, ya que exige al escritor de una forma distinta a cómo lo hacen las novelas. En el caso del académico, el mundo de las novelas es trasvasado continuamente al de sus cuentos, junto con los personajes. De esta forma, deambularon por la sala de prensa sus ya clásicos personajes, Ruibérriz de Torres o Custardoy entre otros. 

De la misma manera que el escritor habló de sus cuentos, dedicó unas palabras a sus cuentistas de cabecera. Henry James, al que no dudó en mencionar como el mejor autor de cuentos que existe, Antón Chéjov, Poe o Rudyard Kipling fueron protagonistas durante unos segundos y su labor fue reconocida por el narrador, que a su vez lamentó el poco éxito de ese género literario en nuestras fronteras. 

Aseguró no entenderlo, ya que, en sus palabras: “la sensación de plenitud que se tiene con el cuento, difícilmente se alcanza con la novela”.

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martes, 25 de septiembre de 2012

¿Una novela?

El sentido interrogativo. Padgett Powell. Alpha Decay. 160 páginas. 17 €.

Difícil la tarea de clasificar esta obra dentro de alguna categoría. ¿Podría ser una novela? Es la pregunta que se hace el autor en el subtítulo. Lo cierto es que las miles de preguntas que componen este libro se pueden leer de forma fluida. Esta lectura ofrece como resultado un personaje volátil, un narrador ávido de respuestas, que termina por contagiar su curiosidad al lector. 

El autor establece poco a poco un diálogo con el lector, que empieza a responderse las preguntas que éste le lanza indiscriminadamente. El sentido interrogativo se convierte de esta manera en una entrevista. Una conversación, por la vía rápida, sobre la vida. 

El autor nos aborda, nos satura, con preguntas de todo tipo, tanto sobre cuestiones aparentemente íntimas, como sobre aspectos más universales. La obra parece más bien un juego destinado a conocerse mejor, tanto para el escritor, al que imaginamos respondiéndose a sí mismo mientras redacta, como para el lector que lo hace al recibir las preguntas en sus manos. Padgett Powell nos somete a una búsqueda desesperada del yo mediante la hilaridad o la rotundidad de las situaciones que plantea. 

El sentido interrogativo recoge el testigo de la OuLiPo. Powell se auto invita con esta obra, de técnica brillante, al grupo de los Perec o los Queneau, experimentadores del lenguaje. La pretensión del autor es escribir una novela con preguntas, así lo dice su título original (The interrogative mood: a novel?), aunque en la edición española se ha eliminado la pregunta incomprensiblemente. 

No podemos decir si el norteamericano lo ha conseguido o no: habrá quiénes digan que sí, que esta obra puede clasificarse como una novela neovanguardista, aunque también habrá detractores de esta idea. Lo que sí alcanza Powell es la creación de un personaje sin rasgos, del que no conocemos nada, ni siquiera su nombre o edad; un personaje que bien podría ser nuestra propia conciencia tratando de que nos conozcamos como realmente somos. 

El sentido interrogativo es una obra sin alardes de estilo, sin apenas metáforas, pese a que toda ella en conjunto se pueda interpretar como un recurso estilístico. Tenemos ante nosotros un truco de magia fabricado con letras, un juego para la mente que nos hará pasar un buen rato. ¿Quieren conocerse mejor? Entonces respóndanse cada una de estas preguntas. Y permitan que la lectura les haga formularse otras distintas. Al final, esa es una de las funciones de la Literatura: hacer que el lector se cuestione la realidad.

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miércoles, 12 de septiembre de 2012

Héroes caídos

Aquella edad inolvidable. Ramiro Pinilla. Tusquets Editores. 232 páginas.

Lo superficial es, por norma general, mucho más visible que las intrahistorias. Ramiro Pinilla lleva toda su carrera intentando romper con esta afirmación, es decir, intentando dar luz a los pequeños dramas o felicidades cotidianas. En su nueva novela, Aquella edad inolvidable, título evocador donde los haya, elige a un futbolista, el delantero centro Souto Menaya, para llevar a cabo su misión. 

El jugador tuvo su momento de gloria en la final de Copa del Generalísimo de 1943, que su amado Athletic le venció al Real Madrid en su propia casa, con un solitario y polémico gol del delantero, que pudo haberlo metido con la mano. Desde entonces, Souto, conocido como “el Botas”, se ha convertido en el héroe y la leyenda de San Mamés y de Getxo, ciudad en la que vive. 

No ha sido un camino fácil: antes de que el Athletic llegase con su oferta profesional, Souto ha vivido como un ciudadano más, trabajando de albañil y jugando en el Getxo cada domingo. Pero ahora el delantero tocará brevemente el cielo, con el fichaje al equipo de sus amores, al que veía cada fin de semana junto a su padre Cecilio, y el gol de la final, para después permanecer en un largo infierno, gracias a una grave lesión que le deja cojo. 

Así es como Souto llega a trabajar de ensobrador de cromos, uno de los pocos trabajos que le permite estar sentado y mantener su maltrecha pierna en reposo. La vida del futbolista cambia por completo junto a la de su humilde familia. Los mejores años de Souto se han esfumado en lo que tarda un niño en rellenar su álbum de cromos, y ahora sabe que él ya no podrá ser nunca el que fue. No podrá trabajar ni llevar una vida normal, y ni siquiera su novia Irune, la lechera, consigue alegrar su tristeza, por lo que decide no convertirse en una carga para ella y cortar la relación. Pronto tendrá que elegir entre seguir ensobrando cromos de la Liga, con la tristeza que le provoca ver su rostro entre todos sus compañeros, o aceptar una jugosa y oscura oferta de un periodista del diario Marca que le insiste y le tienta con una promesa casi irrechazable para que hable de aquel polémico gol. 

La novela de Pinilla es un soberbio retrato familiar. Los Menaya nos abren las puertas de su casa en Getxo para que entremos en ella y descubramos la desdicha de Socorro, la madre de Souto, sin habla desde que perdió a su hijo pequeño en un trágico accidente; la ilusión de Cecilio, que por fin va a ver a su hijo en el club de sus vidas, o la relación turbulenta de Souto e Irune, que cada día va a casa de los Menaya a repartir leche con la esperanza de encontrarse al Souto del que se enamoró. Es por eso que Aquella edad inolvidable es una novela de intrahistorias más que de héroes. De ídolos venidos a menos, que ya no lo son, en todo caso. 

Ramiro Pinilla ha acostumbrado a los lectores a crear un ambiente muy distintivo, que roza la cotidianeidad. Surgen así unos espacios en los que el lector se impregna del análisis del partido en el bar, tanto como de las conversaciones familiares de los Menaya, o se ve, de repente, sin que parezca extraño, dentro de San Mamés, en mitad de un partido o una negociación. 

Poco a poco el fútbol va dejando su lugar central al día a día de Souto y su entorno tras la lesión. Lo que había empezado como una historia de fútbol, del Athletic, con su tensa relación con el régimen franquista y su nacionalismo, se convierte en un drama familiar en el que el deporte sólo es un telón de fondo, una parte de la escenografía en la que se apoyan el resto de las historias. 

Aquella edad inolvidable es un canto al fútbol clásico, ese que se jugaba en domingo por la tarde y con botas negras, ese que ha sido sustituido por el fútbol de maniquí y salas de prensa a todas horas. Un canto al fútbol, a la historia del Athletic y una evocación de la derrota y el coraje de seguir adelante, pues la novela se compone de derrotas sucesivas y de ilustres perdedores que se reinventan una y otra vez para seguir con el curso de los días.

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lunes, 10 de septiembre de 2012

La cosmética del interlocutor

El Sunset Limited. Cormac McCarthy. Mondadori. 112 páginas. 14’90 €. 

Pongámonos en situación: Blanco se quiere suicidar. Está a punto de hacerlo cuando, de pronto, Negro surge –no sé sabe de dónde-, y como una sombra de ángel de la guarda, aborta su intento de lanzarse a las vías por las que transita el Sunset Limited. La acción ha comenzado. 

Con este planteamiento inicia Cormac McCarthy su segunda obra de teatro –tras The Stonemason-, rescatada para el público español por Mondadori. La obra aparenta sencillez. Dos personajes, una habitación y una conversación en la que un tema dará pie al siguiente y en la que siempre colearán dos puntos de vista distintos. La aparente sencillez del planteamiento esconde una profundidad elevada en la batalla dialéctica entre Blanco y Negro. 

Blanco es un profesor universitario hastiado que, pese a su conocimiento del mundo y las personas que lo habitan y su amplia cultura, ha decidido abandonarlo. Ha perdido su interés en la vida y considera necesaria la desaparición para su alivio. Por su parte, Negro no ha tenido una vida tan brillante como Blanco. Pese a crecer rodeado de violencia, sangre y odio, sigue manteniendo firme su deseo de vivir, y una promesa de ayuda al prójimo, gracias a su inquebrantable fe. 

Los nombres, además de ilustrarnos el único rasgo físico que conoceremos de los personajes: su color de piel, hacen referencia a la posición de cada interlocutor en la conversación. El diálogo que tiene lugar en el pequeño cuarto no deja de ser el eterno debate entre la fe y la razón –leitmotiv del autor-, entre un devoto y el hombre que ni cree, ni quiere creer. 

La conversación discurre por temas tan diversos como las vivencias de Negro en la cárcel, la vida, la envidia, el falso circo de la sociedad y el suicidio. Es posible que ninguno logre convencer al otro de nada, de hecho es algo que barruntamos desde el principio, pero aun así la tensión del diálogo hace permanecer a los interlocutores en esa mesa, uno frente al otro, entablando incluso una cierta complicidad. 

Cormac McCarthy desarrolla un intercambio de impresiones que recuerdan vagamente la brillante persuasión de Textor Texel en Cosmética del enemigo de Amélie Nothomb. Las palabras de los dos personajes son una constante introspección hacia el ser humano, una indagación pragmática en aspectos como el individualismo preponderante en la era contemporánea o la falsa libertad de la que gozamos actualmente. 

El lector empatiza con las visiones de Negro y Blanco, indistintamente, y se va contagiando de una estancia viciada y una tertulia cargada continuamente de persuasión y retórica. No obstante, los dos interlocutores, como reconocemos desde el principio, son poco permeables a los argumentos de su “contrincante”. El resultado es una trama claustrofóbica, que, sin embargo, nos mantiene en vilo, aunque desde la primera frase intuimos cuál puede ser el resultado. 

¿Logrará alguno de los dos convencer al otro?

Publicado en Otro Lunes

El lento flujo del temporal

Años lentos. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 224 páginas. 17 €. VII Premio Tusquets Editores de Novela. 

Tal vez una de las empresas más complicadas para un escritor sea la de crear un ambiente y un hogar en los que situar una historia. En Años lentos, brillante ganadora del Premio Tusquets de Novela, Fernando Aramburu consigue superar las dos pruebas y aprueba el examen con mención de honor. 

El narrador, que entonces cuenta ocho años, llega a la San Sebastián de los sesenta para vivir en casa de sus tíos, los Barriola. El barrio es, por entonces, tranquilo: los niños juegan en la calle, los hombres van del trabajo a casa, pasando por el bar –y viceversa- y los jóvenes están, como siempre suele pasar, a sus cosas. 

Pero el País Vasco de finales de los sesenta, como sabemos, fue uno de los lugares más convulsos, sobre todo cuando el franquismo empezaba a flaquear y a tocar fin. Poco a poco vemos de la mano del narrador cómo el barrio va experimentando un cambio. 

La técnica narrativa que utiliza Aramburu es magnífica, por efectiva y poco vista en la escritura contemporánea –no antaño, como recordarán los barojianos o galdosianos, o incluso los lectores del lazarillo-. El narrador cuenta la historia mediante notas que le envía al propio Aramburu para que se ponga a escribir una supuesta novela. Éste completa la historia con unos pequeños apuntes al final de cada capítulo, que contextualizan y estructuran la novela. De esa forma se intercalan las memorias del narrador con las notas para la escritura del Aramburu personaje al que se dirige, creando un panel literario muy jugoso. De igual manera se entrelazan en Años lentos varias historias: la historia de Julen, cada vez más involucrado en las excursiones al monte del seminario; o la de Mari Nieves, tocada por la desgracia de Dios, para deshonra de su familia, entre otras. 

El escritor de San Sebastián nos muestra como en la escritura, al igual que en la vida, nadie es bueno ni malo a jornada completa. No se puede reducir todo a eso. La vida es mucho más compleja y los mecanismos que motivan la reacción de cada pieza son inescrutables. De esta forma, por la ciudad de Años lentos desfilan todo tipo de personajes. La madre, de personalidad fuerte, que se carga el peso de la familia al hombro, el padre pasota que soluciona –u olvida- todo en el Artola, el bar de debajo de casa; la joven Mari Nieves, que anda suelta de cama en cama entregada a la búsqueda de los placeres, o, por último, el tándem formado por el cura Victoriano, fervoroso nacionalista en pro del euskera y de la patria vasca, y el primo del narrador, Julen –el verdadero personaje central de esta obra-, que poco a poco se adentrará peligrosamente en la banda terrorista ETA. 

La novela de Aramburu opera con los personajes de la misma manera que el paso del tiempo lo hará con sus lectores: poniendo a cada uno en su sitio. De este modo, podremos ver la imagen del héroe desolado, solitario, venido a menos, así como el decrecimiento o desarrollo de otros de los protagonistas. Nadie comienza la historia en el punto en el que la terminara, ni siquiera cerca. Los personajes cumplen con un ciclo, un desarrollo vital, lleno de vuelcos y vaivenes hasta el desenlace. 

Como en otras ocasiones, léase su obra Los peces de la amargura, el autor escribe sobre un tema delicado, que además conoce de primera mano: los complejos mecanismos de la sociedad vasca, que por entonces se empezaba a dividir entre los partidarios de la patria vasca y los “españoles”. Una sociedad tan envilecida por la palabrería que, llegado el momento, no distingue entre antiguos amigos, vecinos o, incluso, familiares. Una sociedad en la que los años pasan más despacio y de forma más cruda.

Publicado en Otro Lunes

lunes, 20 de agosto de 2012

Nadadores de fondo

Los nadadores. Joaquín Pérez Azaústre. Anagrama. 248 páginas. 

El nadador, como el corredor de fondo, ejerce su actividad solo. Así le ocurre al protagonista de esta novela, Jonás, un fotógrafo de prensa, que ahoga sus ratos libres en la piscina junto a su amigo Sergio. Un problema de espalda en su infancia le llevó a sumergirse varias veces por semana y, desde entonces, cada vez que nada se detiene unos instantes para ver las siluetas sombrías que parecen mirarle desde la mampara que separa la piscina del exterior. 

Esa es la vida de Jonás: fotografías de prensa, alguna exposición esporádica en alguna galería y las tardes de natación. Desde su ruptura con Ada vive solo en un piso al sur de la ciudad y pocos son los vínculos con su pasado que aún quedan firmes. La monotonía lo engulle silenciosamente a cada brazada. Sin embargo, cuando recibe una llamada y escucha la voz nerviosa de su padre, su rutina se verá sacudida de repente. Su madre, que ya no vive con él, ha desaparecido y lleva dos meses sin dar señales de vida. 

Al principio Jonás parece no darle demasiada importancia. Pérez Azaústre consigue crear un carácter que asimila todo lo que le llega del exterior: la soledad, la derrota, el vacío. Un personaje a imagen y semejanza de los individuos de nuestra sociedad, que se conforman y aceptan casi todo como normal. 

El fotógrafo supone que su madre habrá encontrado otra persona o se habrá visto en la necesidad de huir y no dar explicaciones. De esta forma, se intenta cubrir a sí mismo y no buscar una razón a la desaparición de su madre. Pero el nadador verá como empiezan a esfumarse otras personas: otro fotógrafo de la galería, algunos de los nadadores de la piscina… Es entonces cuando decide buscarla, visitar su casa e indagar en las posibles razones de la huida. Mientras tanto, aceptará un misterioso encargo fotográfico que le llevará hasta “las puertas del infierno”. 

Los nadadores es una novela sobre la soledad y el vacío devastador causado por ésta. Un canto existencialista del vacío y la voracidad del tiempo en una sociedad en la que, envolviendo nuestra soledad, sólo resiste la amistad, el amor o la familia. El autor crea un ambiente magnético gracias a un estilo narrativo de frases largas y elaboradas. El ritmo, sin embargo, es acelerado y el desarrollo de la trama hace que la historia vaya de menos a más hasta desembocar en un soberbio final abierto, que llenará al lector de dudas y le hará plantearse la dirección que ha cobrado la sociedad contemporánea. 

Mientras la ciudad –sin nombre, aunque se identifica Madrid- ve como sus habitantes desaparecen poco a poco, Jonás sigue refugiándose en la piscina. Las siluetas oscuras que le observan desde arriba le traen de vuelta sus recuerdos, que serán una de las claves de la historia, y le llevan, cada vez más, a preguntarse por las desapariciones, que le arrastran su propio miedo a perderse. 

La angustia, la amenaza invisible de la pérdida, la paradoja de invisibilidad que nos brinda una sociedad cada vez más interconectada o la excavación enigmática en busca de la identidad, son algunos de los temas que encontramos en esta magnífica novela, que ha catapultado a Pérez Azaústre a lo más alto de la narrativa actual.

Publicado en Culturamas

viernes, 10 de agosto de 2012

Claudia Piñeiro: “Un escritor puede mentir, es más, todos esperan que mintamos”

Aterrizó en España con la novela Las viudas de los jueves, que ganó el Premio Clarín-Alfaguara del 2006. Sin embargo, esta no era la primera obra que escribía Claudia Piñeiro. Su primera novela, El secreto de las rubias, fue finalista del concurso ‘La sonrisa vertical’ de Tusquets en 1991. Tras su irrupción, totalmente casual, en la ficción -según cuenta en una entrevista decidió escribir su primera obra en un vuelo de negocios-, ha escrito numerosas novelas y obras de teatro. En España se han publicado, además de Las viudas de los jueves, dos novelas policiacas, Tuya (2010), que fue finalista del Premio Planeta Argentina en 2003, y Las grietas de Jara (2011). En 2012, Claudia Piñeiro retorna con Betibú, una magnífica novela negra que gira en torno al periodismo, la ficción y el crimen.


Al principio de la novela hay un amplio perfil de Betty Boop. En él se habla de su creación, su significado a lo largo de la historia e, incluso, de su prácticamente desconocido simbolismo. ¿Es hoy en día una gran desconocida a pesar de aparecer en multitud de soportes (carteras, regalos, cuadernos, juguetes para niñas…)? 

Creo que muchas de las chicas que la llevan en mochilas, cuadernos y demás, no saben para nada qué significa el ícono. Probablemente sus madres sí lo sepan, y se pondrán contentas o no con que la porten de acuerdo a si a ellas les gusta o no el tipo de mujer que Betty Boop representa. 

¿Aceptamos cualquier icono que nos quieran vender, hasta el punto de saturarlo, aunque no lo conozcamos apenas, sólo porque así nos lo inculcan? ¿Somos seres tan dóciles? 

Puede ser que en un principio sí, que el poder del marketing y el lavado de cabeza desde la publicidad tenga un primer triunfo. Pero a la larga me parece que sólo subsisten aquellos íconos que, de verdad, significan algo. Incluso puede ser que alguno vaya modificando lo que representa para poder subsistir. Es un proceso que tarda, primero llegan los espejitos de colores, pero hace falta una reflexión más calmada para llegar a separar la paja del trigo. Y eso lleva tiempo y ganas de enterarse. 

Durante toda la novela están latentes –o no tanto- las nuevas formas de comunicación (redes sociales, Google, Wikipedia o YouTube, entre otras). ¿Podrían llegar a ser fuentes primordiales a considerar por los profesionales de la información o habría que apartarlas a un lado y desconfiar de ellas? 

Ninguna de las dos cosas. El punto a buscar es más intermedio. Sin las fuentes primordiales y los métodos tradicionales de investigación es muy difícil profundizar en un tema de forma adecuada. Pero evidentemente las nuevas tecnologías allanaron mucho el camino de la investigación, resulta mucho más fácil acceder a algunos datos, e incluso a datos que de otra manera sería imposible o muy costoso llegar. Al principio de la novela parecería que si Jaime Brena (el periodista a la vieja usanza) no le da una mano a “el pibe de policiales”, éste no llegará a hacer su trabajo bien. Sin embargo a lo largo de la novela Brena también aprende del pibe y gran parte de la resolución de la trama policial se logra a través de internet y las redes. 

En Betibú se entremezclan los nuevos paradigmas periodísticos con los clásicos, que simbolizan el pibe de Policiales y Jaime Brena. ¿Una mezcla de los dos daría como resultado “el periodista total”? 

Sí, creo que está básicamente respondido en la pregunta anterior. 

“Si querés ser buen periodista, tenés que leer ficción”, dice Jaime Brena. ¿Puede la ficción representar la realidad más fielmente que el propio periodismo? 

Vamos a un ejemplo: Yo creo que no hay nada que mienta hoy más que el índice que mide el riesgo país. ¿Cómo se mide el riesgo de un país? ¿Sólo con parámetros económicos? EEUU poco antes de que dos aviones estallaran contra las torres gemelas no tenía un alto riesgo país, ¿pero no era un país en riesgo? ¿Quién lo mide? ¿A qué intereses responde? En medio de todo esto, nada más real que la ficción que no engaña a nadie, quien la lee sabe que eso que está entre sus manos es un cuento. En ese contrato entre lector y autor no hay mentiras. 

Escribe: “piensa en cómo la vida de cada día, lo cotidiano, hasta lo banal, se mezclan con el crimen como un menjunje que quita dramatismo al horror y perturba lo simple. ¿Se puede batir un café cuando anoche colgaba un cadáver de un árbol?, ¿se puede preparar un desayuno creyendo que ese muerto puede ser parte de algún plan o proyecto criminal mayor?”. ¿La sociedad contemporánea tiende a banalizar el crimen y la violencia? 

La sociedad contemporánea convive con el crimen y la violencia. Aprende a seguir adelante a pesar de él. Si no fuera así quedaríamos paralizados. Lo que no quiere decir que no podamos aprender de nuestros errores como sociedad, sobre todo si no los tapamos y tenemos memoria. 

Escribe Nurit en una de sus notas: “Una agenda de prioridades informativas que deja afuera ciertas noticias es censura.” Según esta manifestación, ¿hasta qué punto existe la censura en el periodismo actual? 

Es un tema complicado, no siempre hay órdenes expresas, no siempre viene alguien y dice “de esto no se puede hablar”. Si fuera así podría denunciarse. Los mecanismos son más sutiles y muchos periodistas ni siquiera proponen temas porque saben que les costará el enojo de su editor o hasta su puesto de trabajo. Nadie se lo dijo, pero lo saben. Otros fuerzan esta tensión y logran imponer temas que no son bien vistos a priori. Otros en el intento son despedidos. Hay de todo. 

En esta obra vemos un abanico total de carácter de los personajes: cretinos, tímidos, desconfiados, calculadores… ¿Siente alguna empatía especial con los personajes? En ese caso, ¿qué tipo de personajes despierta más sus simpatías y antipatías? 

Aprendí hace muchos años, con una maestra de guion (María Inés Andres) que uno como autor debe ponerse en los zapatos de cualquier personaje, sentir que puede ser el más malo como el más bueno. No importa quién te guste más fuera de tu oficio de escritor. Pero puesto a desarrollar un personaje, a darle su curva dramática, uno debe poder ser él, sino termina describiendo estereotipos. Me parece que la elección del lugar donde se para el autor desde su ideología está en el punto de vista y no en la composición de los personajes. 

En la parte final hay un informe que es casi un alegato de la ficción frente al periodismo. ¿Resulta más sencillo escribir sobre la realidad cuando la encuadramos en un marco de ficción? 

Sin dudas. Un periodista debe ajustarse a la verdad. Un escritor puede mentir, es más, todos esperan que mintamos. Y, si se puede elegir, que mintamos de la mejor manera posible. 

Muchísimas gracias y enhorabuena por su escritura.

Publicado en Punto de Encuentro

martes, 31 de julio de 2012

Recaredo Veredas: “Madrid cada día se parece más a una urbe distópica”

La acción de nadar en agua helada puede ser “estupenda o una tortura”, comenta Recaredo, cuando habla del título de su nuevo poemario. Y la frase es aplicable igualmente al contenido de la obra. El poemario se disfruta y se sufre: es bello, atractivo y valiente, pero a la vez es crudo y rasga las entrañas hasta el punto de hacer partícipe al lector de esa crudeza. Nadar en agua helada no es la primera obra de Recaredo Veredas, pero sí su primera aparición en el pantano de la poesía. Anteriormente el escritor y crítico ha publicado el conjunto de relatos Pendiente y un libro de técnicas de escritura, Cómo escribir un relato y publicarlo. Ahora nos lleva a acompañar a unos personajes desvalidos en un mundo frío y gris, que recuerda vagamente a La carretera de McCarthy o a la tierra baldía de Elliot.


En el libro hay una gran presencia del color (sobre todo los oscuros y el rojo) y sus metáforas, ¿qué importancia tiene el color en tu poesía? Y yendo más allá, ¿en otros ámbitos literarios es fundamental? 

El color es un elemento expresivo, que sirve como correlato objetivo, es decir, para contar de manera indirecta. Su presencia -no solo en mi libro- tiene dos causas: puede estar vinculado con el sentido de la obra o puede tener un papel meramente estético (lo que no es necesariamente malo). Si aparecen el rojo y colores oscuros es porque creo que el poemario tiene esas tonalidades: es un poemario expresionista, o pretende serlo, y las referencias estéticas que lo alimentan utilizan esa paleta. 

El color puede ser importante o puede ser secundario, dependiendo del nivel de expresividad y el nivel de información directa que el autor emplee en su escritura. A mayor expresividad, mayor importancia del color. 

Durante todo el poemario se identifican imágenes relacionadas con el frío, la lluvia o el agua con temas como la soledad, la huida o el abandono. ¿Es el invierno más propicio a este tipo de sentimientos? 

Es la asociación más típica y tópica pero el verano puede ser devastador. De hecho, en verano hay mucho más tiempo libre y, por lo tanto, la soledad es mucho más patente. En la obra viven en una especie de invierno nuclear, aunque no haya habido un cataclismo al estilo La carretera (McCarthy), que posibilita la presencia continua de la lluvia, el frío. De una especie de eterno invierno. 

La guerra transcurre a lo largo de los fragmentos de Nadar en agua helada en los que unos se esconden, otros huyen, otros desaparecen… En ese sentido, ¿se puede considerar una obra política? 

Creo que toda obra es política de una u otra forma, aunque sea por omisión (la omisión de la política suele ser de derechas). Así que mi libro, como tal, posee un contenido político. Pero no sé cuál es. Supongo que un cierto humanismo escéptico, por denominarlo de alguna forma.


¿Cómo es la experiencia de nadar en agua helada? ¿A qué responde esta frase? 

Nadar en agua helada puede ser estupendo y revitalizante, si es una actividad buscada, o una auténtica tortura. El protagonista se encuentra en un contexto francamente complicado y no le resta otra opción que hundirse en el hielo e intentar sobrevivir, con el peso de su propia memoria y de las circunstancias externas. Es decir, nadar en agua helada. Además, me gusta la frase. Es decir, posee, por otro lado, una función puramente estética. 

La muerte es otro de los símbolos de Nadar en agua helada. ¿Se tiene siempre presente una cuenta pendiente con ella?¿Es la única certeza de los vivos? 

Sin duda, aunque en nuestra civilización nos empeñemos y nos empeñemos en negarla, la muerte está presente en cada minuto de nuestras vidas y es el motor que las impulsa. De momento -y me temo que va para largo- no hay manera de escapar de su omnipresencia. Creo, por otro lado, que mostrar lo oculto, aquello que no se ve o no se quiere ver es una de las labores fundamentales de cualquier creador. Por ello, entre otros motivos, me fijo tanto en la muerte. Supongo que necesitamos convivir con ella con mucha mayor naturalidad. 

Esa imagen de la muerte se presenta, en muchas ocasiones, en forma de animales (pájaros muertos, caballos despellejados…) y de hombres que se refugian en el calor de sus cadaveres. ¿Resulta difícil tratar con la muerte de los hombres? 

No especialmente. Lo que resulta difícil es mostrar una mirada moderadamente distinta de algo tan evidente y tan inevitable. El hombre carga con la conciencia de su muerte desde que existe y también desde que existe ha reflejado esa conciencia en papel, lienzo o cualquier otro formato. Por lo tanto abordar la muerte desde una perspectiva original es imposible, sin paliativos. Lo que sí puede intentarse es no caer en los tópicos más utilizados. 

Las ciudades que figuran en la obra son lugares inhóspitos, fríos, deshumanizados y con habitantes faltos de deseos. Me recordaron vagamente al Londres baldío de T. S. Elliot. Actualmente, ¿se están convirtiendo las grandes ciudades en espacios cada vez menos habitables? 

Depende, hay ciudades y ciudades, ámbitos y ámbitos. La mayoría de las ciudades y de sus periferias, al menos en España, son espacios dominados por la resaca de la avalancha de consumo que vivimos durante los primeros años del milenio. Madrid cada día se parece más a una urbe distópica, llena de edificios abandonados y de mendigos, lo que contrasta con el crecimiento del lujo. La imagen de la ciudad que aparece en el libro tiene numerosos referentes, desde Elliot al Lorca de Poeta en Nueva York, pasando por Ginsberg, Gamoneda... 

Cambiando de tercio, en los últimos tiempos han proliferado las series y otros formatos en el ámbito cultural. ¿Ha quedado la poesía, e incluso la literatura en general, en un rincónmenoren el plano cultural? 

Sin duda, la literatura cada día interesa a menos gente. Cada día existen más blogs y más revistas culturales digitales pero eso no implica un incremento del público. Somos siempre los mismos. Los mismos cinco o diez mil, no más. Estoy hablando de literatura literaria, no de literatura bestsellera (que, por otro lado, me merece todos los respetos). El escritor lentamente se sumerge en la marginalidad, a las nuevas generaciones les interesan otros formatos, aunque algunas editoriales independientes estén peleando para atraer a los sectores más jóvenes (con acierto variable). 

Se habla mucho de los cambios de paradigmaocasionado por la implantación de lo digital, pero el debate se centra sobre todo en la novela o la prensa. ¿Cómo consideras que pueden afectar los nuevos formatos a la poesía? 

Todavía es necesaria la función del prescriptor. Es decir, del editor, el filtro entre el escritor y el lector, que selecciona entre los miles y miles de manuscritos que miles y miles de potenciales escritores desean publicar. Los nuevos formatos difuminan su función y provocan que la web se llene de contenidos de muy poca calidad. Aún no existen prescriptores digitales con auténtica fuerza y no ocurre porque nadie -que yo sepa- ha conseguido rentabilizar la literatura en internet. Supongo, respondiendo a tu pregunta, que los nuevos formatos traerán mayor brevedad, mayor fragmentación y una pérdida aún mayor de los criterios de calidad. Un mayor amateurismo. 

¿Qué opinión tienes de los movimientos sociales y ciudadanos que están teniendo lugar en los últimos tiempos? ¿Influye o inspira la situación actual a la hora de enfrentarse al folio en blanco? 

Creo que son minoritarios. Ocurren en espacios muy pequeños que, además, poseen alta significación simbólica, lo que multiplica su efecto. Pero cinco mil, diez mil o cien mil personas en una ciudad como Madrid son muy pocas. La situación merecería una revuelta mucho más intensa, que implicara a toda la sociedad pero, por desgracia, el adormecimiento de los españoles, su anestesia generalizada parece no tener fin. Ni siquiera cuando lleguemos al treinta por ciento de paro y haya hambre de verdad nos levantaremos. Y, respondiendo a tu pregunta, no creo que tengan una auténtica influencia en la escritura actual, tal vez solo en cierta narrativa indie. 

Tuve un profesor que decía que leer y escribir literatura era ya una forma de disidir, ¿estás de acuerdo con esa afirmación? 

No. La literatura o la cultura no garantizan ninguna cualidad humana ni supone disidencia alguna. Por ejemplo, toda la cúpula directiva de las SS estaba doctorada. Tradicionalmente se ha vinculado a la cultura con la izquierda pero esa vinculación es, por un lado, muy hispana y, por otro, no siempre la izquierda implica una disidencia. 

¿Qué papel puede jugar la poesía en la sociedad actual? 

La poesía no debería ser uno de los géneros más damnificados por la revolución digital. Su brevedad debería garantizarle cierta viabilidad, aunque nunca se sabe. En cuanto a su papel, supongo que debe servir para mostrar al lector que hay otras personas que comparten los mismos sentimientos que él, además de para causarle cierta emoción estética. 

Siempre se ha identificado la poesía con el sentimiento del poeta frente a la novela, que sería la ficción o inventiva del escritor. ¿Se puede seguir contando una historia mediante versos? 

Claro, y se podrá seguir haciendo dentro de cien o doscientos años. La combinación de narrativa y lírica existe desde los abismos del tiempo. Es cuestión de graduar los elementos, de tomar un poco de lírica, un poco de prosa y mezclarlos con el debido talento, como hace un buen chef. 

Muchas gracias y enhorabuena por la obra. 

Muchas gracias a ti.

Publicado en Punto de Encuentro

miércoles, 18 de julio de 2012

Esencia de Holden Caulfield a la italiana

Tú y yo. Niccolò Ammaniti. Anagrama. 136 páginas. 14’90 €. 

Tú y yo comienza con una mentira, una de esas mentiras piadosas, sin apenas importancia, con la que el protagonista Lorenzo Cuni, un adolescente de catorce años, pretende pasar desapercibido para el resto de los mortales durante una semana. Para ello, asegura a su familia que una amiga le ha invitado a pasar unas vacaciones esquiando en la montaña. Su familia recibe la noticia con alegría, ya que sus sospechas de la inadaptación de Lorenzo a la sociedad se esfuman con esta invitación. 

Sin embargo, Lorenzo, que sólo aspira a que le dejen tranquilo y en soledad consigo mismo, se encierra en el sótano y empieza una semana de vida solitaria, ermitaña incluso, alimentándose de latas de conservas y coca colas, mientras trata de completar un videojuego y disfruta con las novelas de Stephen King. 

Niccolò Ammaniti ha comentado en alguna entrevista que Tú y yo es su novela más autobiográfica. Quizás por eso cuenta de una manera tan delicada ese sentimiento del chaval, esa soledad agria, el sentimiento de no pertenecer a ningún entorno, que le hace refugiarse en el sótano. 

El objetivo del plan es sencillo: pasar desapercibido, que nadie se entere de que está allí. Por eso, desde el principio de la novela vemos a Lorenzo desviando hábilmente los intentos de su madre de hablar con la madre de su amiga para agradecerle su cortesía. Pese a sus primeros éxitos, y como no podía ser de otra manera, el plan se desbarajusta por completo cuando irrumpe en su escondite Olivia, su hermana, hija de su padre en un anterior matrimonio. 

Ella será quien convierta la semana de Lorenzo en una vibrante aventura por la supervivencia. El joven no tendrá más opción que batirse cara a cara contra fuerzas que lo empequeñecen. Pero, a pesar de que su inferioridad le convierta en víctima fácil, ya sea al K.O. técnico o a los puntos, Lorenzo lo dará todo por salir victorioso en favor de su hermana. 

Tú y yo cuenta el aprendizaje de Lorenzo en los días en que el fin de la adolescencia y el principio de la madurez viajan compartiendo asiento. Esos días grises en los que un chaval que no entiende la vida se enfrenta a ella con la valentía que solo permite el desconocimiento. Sus enemigos son fuertes: el sentimiento de soledad, tanto dentro como fuera del núcleo familiar, la drogadicción o la muerte (destacable, y cargado de simbolismo, el pasaje en el que Lorenzo cuenta un cuento a su abuela en el hospital). 

La novela se estructura en una analepsis central, que ocupa casi toda la extensión de la obra, custodiada por una breve introducción y un cierre, de no más de tres páginas cada uno, que sirven para contextualizar la mirada retrospectiva del narrador. En el epílogo el narrador nos descubre el reciente final de esta historia. 

Niccolò Ammaniti describe en poco más de cien páginas el proceso de aprendizaje de Lorenzo Cuni, una especie de proyección del mítico Holden Caulfield en la sociedad contemporánea. La novela no necesita más, ni le sobra ninguna página. Es una historia condensada a la perfección por el italiano. No obstante, su brevedad no excluye temas tan trascendentales como el amor fraterno, el proceso de entendimiento y normalización de la vida, la soledad y la necesidad de evasión, la incomprensión o las drogas, entre otros.

Publicado en Punto de Encuentro

viernes, 6 de julio de 2012

Veinte mil años de viaje intergaláctico

Los inmortales. Manuel Vilas. Editorial Alfaguara. 224 páginas. 18’50 €.

¿Cómo se estudiará a nuestra generación, los de este siglo o incluso los de este milenio, cuando hayan pasado veinte mil años? Es a lo que parece jugar Manuel Vilas en su última novela, Los inmortales. Corre el año 22011 en la Galaxia Shakespeare cuando es encontrada una obra –o más bien unos restos de ella- en la que se retrata a los hombres del pasado. Los habitantes de la lejana Shakespeare, una evolución del ser humano que ha alcanzado la inmortalidad, descubren en este manuscrito a unos hombres amenazados por la muerte y la enfermedad, algo difícil de imaginar para ellos.

Manuel Vilas ofrece un juego histórico-temporal en el cual algunos hombres viajan a lo largo de la historia universal gracias a sus rencarnaciones. La inmortalidad es cuestión de algunos elegidos. En ese juego que propone Vilas, podemos ver a algunos de los personajes históricos más populares en situaciones disparatadas o en periodos temporales ajenos a los que vivieron en sus vidas reales, esas vidas que llenan los libros de texto de cualquier bachillerato que se precie.

De esta manera, descubriremos a un Cervantes, apodado Saavedra, que tan pronto charla con Robespierre como con un Kafka a punto de morir, o se enamora de Eva Braun y asiste a la conversación de Hendaya entre Hitler y Franco. La obra de Vilas tiene visos de revisión histórica y, a la vez, de travesura de historia-ficción. El escritor revisita todo tipo de escenarios, como los religiosos, con la desternillante historia de Ponti (el pontífice Juan Pablo II), un gamberro beodo, fan de Raffaella Carrà, que va de compras con Mother T (Teresa de Calcuta), con aventura sexual y coche fantástico incluidos.

La cultura es otro de los ámbitos en los que Vilas realiza su sátira. Nos encontraremos con escritores como Dante Alighieri (ahora Dan), convertido en un beatlemaniaco tatuado y fan de los Sex Pistols, que viaja a Irlanda con Pablo Neruda (Nefta), un tipo orgulloso de su iPhone 4. En Irlanda tropezarán con James Joyce, en forma de holograma, y el dublinés les pedirá una alocada y violenta misión. También podemos ver a un relajado Vírgil (Virgilio) acompañando a Fede (García Lorca) a sus vacaciones en Cambrils.

El propio escritor aragonés no queda exento de la parodia y se codea con un rey Juan Carlos I caricaturizado al máximo, en un futuro imaginario en el que, además, representa a España en el primer viaje literario a la Luna. En el ámbito artístico encontramos a Pablo y Vin (Picasso y Van Gogh, como no podía ser de otra forma) envueltos en una orgía desenfrenada de gordas.

El mundo que esboza Vilas a través del manuscrito es un mundo loco e hilarante, que es representado de forma brillante e ingeniosa. El escritor se vale de un constante juego de tiempos y un lenguaje rítmico con un tono de pantomima, que se encarga de esconder su honda crítica a la alta cultura y a la condición humana.

Una América Latina convertida al islam por Hugo Chávez, el último comunista en la tierra escuchando los mensajes del fantasma de Stalin, o un arcángel encargado de organizar a los inmortales, que van y vienen a lo ancho y largo del Tiempo, son algunas de las quimeras que nos esperan en esta novela. Una obra basada, sin duda, en el sentido del humor y la crítica colorista –casi pop- a la sociedad actual, con la excusa de hacerlo desde un futuro muy lejano que, a efectos prácticos, no queda tan lejos en realidad.

Estamos ante una novela transgresora que, seguro, no dejará indiferente a ningún lector.

Publicado en Punto de Encuentro

martes, 26 de junio de 2012

Industrias y andanzas de Grimaldi

Memorias de Joseph Grimaldi. Charles Dickens. Editorial Páginas de Espuma. 288 páginas. 21 €. 

Si alguien escribe una obra sobre tu vida, ya eres afortunado. Si, además, el escritor de tu biografía es Charles Dickens, no puedes pedir más. Así le ocurrió a Joseph Grimaldi, el payaso más famoso de la historia de Gran Bretaña. Charles Dickens contaba con tan solo veinticinco años cuando le encargaron que escribiese esta obra, a partir de las memorias que había escrito el propio Joe.

La editorial Páginas de Espuma recupera esta obra inédita de la mano su traductor y editor Eduardo Berti, un experto en el escritor victoriano. En ella podemos atisbar los primeros rasgos de la escritura que deslumbraría en el futuro del que estaba llamado a ser uno de los mejores novelistas de la historia de la Literatura.

Memorias de Joseph Grimaldi es una obra que cohabita entre el género biográfico y la novela. Se puede hablar de ella como una biografía novelada, ya que el autor de Oliver Twist juega con licencias y metáforas propias de la ficción con el único fin de acercar al lector la vida y la realidad del clown.

La biografía novelada del actor se convierte, además, en un repaso a los cambios sufridos por Londres en el periodo de la vida del bufón. Los teatros que arden, las peleas, robos y trastadas, o los dimes y diretes del Sadler’s Wells, el Covent Garden o el Drury Lane, los teatros que alternaba Joe para representar sus pantomimas y obras, son los grandes secundarios.

Según vemos el ascenso teatral (y social) del payaso, Dickens nos transporta a todo el territorio de Reino Unido, de la mano de las actuaciones y giras del clown. Joe Grimaldi llegó a ser considerado como el mejor payaso de la historia británica. No en vano, aún hoy es homenajeado en determinadas fechas por las gentes londinenses.

La vida e industrias de Grimaldi quedan perfectamente retratadas por el narrador, desde su niñez hasta su enfermedad, los dos periodos más emocionantes de las memorias. Se cuenta en el prólogo que, en un principio, la escritura de esta obra no estaba pensada para Dickens, quien entonces aún firmada sus artículos como Boz. Se habló de otros escritores –algunos incluso se empezaron a documentar-, pero finalmente el trabajo recayó en el gran aventajado del momento, que lo hizo por trescientas libras. El payaso, su hijo, los dueños de los teatros en los que actuaba, y la propia ciudad de Londres, en la que vivió, están inmortalizados a la perfección y ahora puede ser el mejor momento para empaparse de ellos.

Publicado en Punto de Encuentro

lunes, 25 de junio de 2012

La otra Edimburgo

Col recalentada. Irvine Welsh. Anagrama. 288 páginas. 17’90 €.

Julio Cortázar hablaba a menudo de la estrecha relación de los autores con sus ciudades. En algunos escritores, este vínculo es más ceñido y sus obras desprenden el olor y el sabor de la tierra en la que han sido concebidas. Es el caso del escocés Irvine Welsh, que, desde que irrumpió en el panorama literario con su famosísima Trainspotting, ha creado un estilo tan propio como sucio, eternamente vinculado con Edimburgo.

Col recalentada responde a la sugerencia de Robin Robertson, que, según cuenta el propio Welsh en sus agradecimientos previos a la obra, fue la persona que incitó al autor a enviar esta recopilación a la imprenta. 

La obra se constituye de ocho relatos breves, publicados casi todos en la década de los noventa, salvo el último, Miami soy yo, que se podría encuadrar más bien en el género de la novela corta. Los temas y el estilo son los clásicos en Welsh salvo, precisamente, en este último relato, en el que escribe desde la perspectiva atípica de un profesor que no se adapta a su nueva vida en Miami, donde se ha mudado con la familia de su hijo tras la muerte de su mujer. Allí se reencuentra con su pasado, en forma de dos viejos alumnos de su instituto en Escocia, convertidos ahora en estrellas de la música. El pasado empezará a desfilar por la retina del viejo profesor que verá como todo ha cambiado desde que él aún residía en su país. 

Los cuentos de Welsh son un retrato de esa “otra Edimburgo”, la de las drogas en abundancia, los pubs, el fútbol, el sexo desenfrenado y la violencia. En definitiva: lo que se ha instituido como el sello inconfundible e indecoroso de Irvine Welsh. Su estilo propio y macarra, cargado de expresiones soeces y bastante influido por alguna variante del realismo sucio, se pasea por los enclaves más revisitados a lo largo de toda su obra. 

Aparecen en estos cuentos muchos personajes de otras historias de Welsh. De esta forma, podremos ver a Begbie (Trainspotting) en una cena familiar de Navidad o a otros de los personajes del escritor escocés –véase Juice Terry Lawson, por ejemplo- deambulando, peleando o bebiendo como si no hubiese mañana en los pubs de Leith, en los alrededores de St. Giles o en la New Town. 

El humor negro y el sarcasmo del escocés son la tónica de esta recopilación. Memorable la historia en la que un hombre antepone el derbi de Edimburgo (Hearts vs. Hibs) a la salud de su mujer, que acaba de sufrir un escabroso e inverosímil accidente. E igualmente disparatado el relato en el que un trasnochado San Pedro obligará a cumplir una indiscreta penitencia sexual a un joven para que expíe todos sus pecados. 

Col recalentada es un conjunto de historias de cerveza y éxtasis, de sexo y violencia, que no dejarán indiferente a nadie. Un libro imprescindible para los amantes del autor y una perfecta llave para aquellos que quieran aventurarse por primera vez a su mundo. Eso sí, que nadie se sorprenda de encontrarse a unos alienígenas adictos al tabaco que pretenden dominar Escocia o un par de amigos que se pelean por una chica y que solucionan sus diferencias –cómo no- con unas cuantas pintas y unas pastillas. Sí, la narrativa de Welsh es una verdadera locura.

Publicado en Culturamas

jueves, 14 de junio de 2012

Miguel Barrero: “No creo que la literatura sirva para forjar otras realidades con las que evadirse de la Realidad, con mayúscula”

Miguel Barrero publica su cuarta novela, La existencia de Dios, en Ediciones Trea. Escritor y periodista, columnista del malogrado diario La voz de Asturias y seguidor incondicional del Sporting de Gijón. El escritor de Mieres es una de las voces jóvenes más emergentes en el panorama literario nacional. Así lo demuestra su última publicación, que certifica lo que ya se veía en las obras anteriores: Espejo (KRK, 2005), ganadora del Premio Asturias Joven de Narrativa en 2004, La vuelta a casa (KRK, 2007) y Los últimos días de Michi Panero (DVD Ediciones, 2008), con la que ganó el Premio de Novela Juan Pablo Forner.


En La existencia de Dios el narrador también se llama Miguel Barrero. ¿Tiene la Literatura mucho de quien la escribe?

Uno siempre es el que es, y esa evidencia no puede ser ajena a aquello que uno escribe. En todas mis novelas estaban reflejadas, de algún modo, mis inquietudes o preocupaciones respecto a temas concretos; y también se reflejaba, como es lógico, mi forma de ver o de interpretar el mundo. No creo que La existencia de Dios sea más explícita, sino más directa; precisamente porque al tener el narrador mi mismo nombre, como bien dices, la identificación es muchísimo más directa. Siempre digo que es mi novela más personal y es cierto, por más que no haya que entender esa identidad entre el narrador y el autor al pie de la letra.

¿Influye más la realidad en la ficción o la Literatura nos determina a la hora de afrontar la vida?

No creo que ambas cosas sean excluyentes. La realidad siempre impregna la ficción en tanto que ésta siempre se construye partiendo de referentes reales, ya sean concretos y abstractos. Por otro lado, resulta innegable que la literatura determina o condiciona, en muchos casos, nuestra forma de hacer frente a los asuntos cotidianos: entre otras muchas cosas, somos lo que leemos.

La memoria juega un papel importante en la novela, pero quizá el pasado no sale del todo bien parado. ¿A la hora de echar la vista atrás tendemos a endulzar nuestras vivencias?

La memoria es tramposa por definición y tiende a convertir el pasado en un lugar más habitable, más acogedor, que el presente en el que estamos instalados. Esto no deja de ser una falacia, probablemente un mecanismo de protección que nos impida ser conscientes de que, en mayor o menor medida, hemos fracasado; y para desmontarla no tenemos más que preguntarnos cómo interpretábamos nosotros ese pasado cuando aún sucedía, es decir, cuando todavía era presente. No creo que en la novela sea duro a la hora de evaluar ciertos aspectos del pasado, pero sí pienso que trato de analizarlos con la frialdad que concede esa aparente indiferencia desde la que el narrador rememora ciertos hechos. Al mismo tiempo, esto no deja de ser otra trampa, porque implica juzgar el pasado desde unos criterios éticos y morales que emanan, fundamentalmente, de una experiencia de la que se carecía mientras estaba ocurriendo aquello que se analiza.

A lo largo de la novela queda la sensación de un ajuste de cuentas con el pasado. Paul Auster se refiere a los escritores como seres heridos que crean otras realidades para poder evadirse. ¿Estás de acuerdo con él?

A medias. Puede que, en efecto, escribamos porque sentimos algún tipo de desajuste que nos lleva a estar constantemente insatisfechos con la condición humana o que, por decirlo de otro modo, nos conduce a realizarnos preguntas sin respuesta en torno a nuestro papel en el mundo no como escritores, sino como meros individuos sujetos a unas reglas que no terminamos de entender; ocurre que, por un lado, no creo que esa preocupación sea exclusiva de los escritores o de los artistas, sino que sólo lo evidenciamos más porque disponemos de las herramientas necesarias para formular esas preguntas y, llegado el caso, amplificarlas; y, siguiendo con este razonamiento, no creo que la literatura sirva para forjar otras realidades con las que evadirse de la Realidad, con mayúscula. Creo que para lo que realmente sirven esas realidades es para forjar contextos donde uno pueda formular con mayor nitidez esos interrogantes para los que nunca podremos encontrar una respuesta.

En la conversación del epílogo, el narrador le dice a uno de los protagonistas: “Hablar de ti fue la mejor manera que se me ocurrió para hablar de mí”. ¿Es más fácil reflejarse en otra persona u otro personaje?

Somos nosotros mismos y las circunstancias que nos envuelven, y dentro de esas circunstancias también están los otros. Y los otros contribuyen a que uno vaya formando su propia personalidad, sobre todo en ciertas etapas de la vida que son las que centran el argumento de la novela. Esa frase que citas encierra una parte importante de la razón de La existencia de Dios, pero fue una razón que yo mismo descubrí a medida que la novela iba creciendo entre mis manos, cuando yo mismo fui consciente de por qué la estaba escribiendo y a dónde podía conducirme ese empeño que, por lo demás, surgió de una manera absolutamente casual.

El narrador de la historia escribe en una noche larga y desde lo más oscuro de su mente. ¿La escritura funciona como un analgésico en ocasiones?

No, no creo que sea un analgésico, y el narrador no la utiliza en ese sentido, sino precisamente en el contrario. No se trata de abstraerse del dolor, sino de utilizar un mecanismo que permita abrir caminos por los que transitar en busca de una comprensión de ese dolor.

La pérdida de la inocencia y el descubrimiento de la verdadera naturaleza de la vida son inherentes a la historia. ¿Le faltan a las relaciones actuales una pizca de inocencia?

Jacques Brel tenía, creo que en la Canción de los viejos amantes, unos versos que siempre me ha gustado mucho y que, más o menos (cito de memoria), venían a decir que «ojalá pudiésemos llegar a viejos sin ser adultos». La inocencia se pierde con los años, y puede que al mundo también le haya pasado lo mismo y sea ahora menos ingenuo que hace quinientos o seiscientos años. En cualquier caso, no creo que las relaciones actuales, en un sentido genérico, adolezcan de la inocencia que podían tener, sino que somos nosotros, como individuos que vamos cumpliendo años y sumando experiencias y constatando que las cosas no son tan fáciles como un día pensamos que eran, quienes nos vamos liberando de ese candor para impregnarnos de un descreimiento que vamos incorporando a nuestra propia idiosincrasia. No quiero caer en ese discurso de que los buenos tiempos fueron los pasados, sobre todo porque no me lo creo. Sencillamente, lo que pasa, parafraseando otros versos archiconocidos, es que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

El narrador escribe sobre personas con las que, pese a haber compartido gran parte de su vida, después no comparte absolutamente nada. ¿Avanzamos hacia una sociedad en la que el yo es el único pretexto?

Podría contestarte con palabras similares a las de la respuesta anterior. No es un problema de la sociedad, sino de los individuos. Creo que el ser humano es egoísta por naturaleza, y que ese egoísmo también atañe, desde el primer momento, a las relaciones que uno pueda tener. El personaje de Elena lo deja bastante claro en un pasaje de la novela, aquél en el que dice que en cierto momento el grupo servía como un instrumento para fortalecer las individualidades que lo componían. Uno conforma su personalidad teniendo en cuenta muchos factores, y uno de ellos, y no el menos importante, es el de la percepción que los demás tienen de él.

La soledad es, quizás, el segundo narrador de La existencia de Dios. A veces incluso parece cobrar voz propia en la habitación. ¿Cómo es de necesaria a la hora de escribir o de plantear una historia de estas características?

La escritura es siempre una actividad solitaria, y no lo digo en un sentido peyorativo. A poco que uno se tome en serio el proceso, la soledad se hace imprescindible para desarrollarla sin interferencias ni más condicionantes que los que uno mismo quiera imponerse. Lo digo como reflexión general, pero no podría hablar de su aplicación a esta novela en concreto porque, como ya dije en otras ocasiones, La existencia de Dios surgió de casualidad y sin que yo, en un primer momento, me plantease escribir una novela. Pero, evidentemente, si no hubiese dispuesto de la soledad que necesitaba para sentarme en mi escritorio, no hubiese tenido ocasión de escribir las primeras líneas de aquello que no sabía qué iba a ser y que se acabó convirtiendo en el libro del que estamos hablando ahora.

Por último, ¿dista mucho la Asturias de entonces con las Mieres, Oviedo o Gijón actuales?

Es cierto que los escenarios de la novela son muy concretos y fácilmente localizables, pero también que en ningún momento era mi intención establecer ninguna reflexión sociológica, o socioeconómica, a costa de un tiempo y un lugar de los que hablo por la sencilla razón de que fueron los míos. Una de las cosas que más me ha sorprendido de La existencia de Dios es que tanta gente, por varios motivos, se haya visto retratada en sus páginas, sobre todo porque en un primer momento tuve serias dudas de que lo que se contaba en ella pudiera interesar a nadie. Desde el primer momento, se ha entendido como una novela generacional cuando yo la vi, y la sigo viendo, como una novela personal, en realidad la más personal de todas las que he escrito. Ahora lo pienso y no es raro que la gente que más o menos tiene mi edad pueda percibir algunas características comunes, y que los lectores que pertenezcan a generaciones anteriores puedan interpretar lo que yo cuento en función de sus propias experiencias. Creo que, en definitiva, lo que ocurre es que, por puro azar histórico, el contexto subraya lo esencial de forma bastante acentuada. Alguna vez he dicho, medio en broma, que los que vivimos en la cuenca minera asturiana durante la década de los noventa tenemos la sensación de que el Apocalipsis es algo que ya sucedió, y lo cierto es que en aquellos años ese territorio en el que se desarrolla buena parte de la novela se vio sometido a unas incertidumbres y un desencanto que discurren en paralelo a los que sienten los propios personajes. ¿Si ha cambiado algo? Me temo que sí, pero en el mismo sentido en el que hemos cambiado nosotros: si en aquellos años podía haber un mínimo atisbo de esperanza, tengo miedo de que ésta se haya ido desvaneciendo hasta convertirse en una especie de quimera que aguardamos con escepticismo. Tengo la impresión de que los asturianos nos hemos acostumbrado a vernos permanentemente a la deriva, y va a ser difícil que nos curen ese pesimismo. Hasta el Sporting ha bajado a Segunda, y eso sí que es ya un fastidio.

Muchas gracias y enhorabuena por la novela.

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