lunes, 23 de diciembre de 2013

Oona Chaplin se presenta en 'el purgatorio'

Fotografía por Edu Ovejero.


La actriz española presenta en Madrid su última película junto a sus productores. Se estrena en abril y supone el debut como protagonista de la intérprete. En ella, un thriller psicológico, da vida a Marta, una mujer que tras quedarse a cargo del hijo de su vecina, vivirá una noche de tensión.

Oona Chaplin entra en Museo Chicote apresurada. Cuando llega, Jesús Ulled (Cine 365) y Enrique López Lavigne (Apaches) ya hablan sobre Purgatorio, su última película, que han venido a presentar a Madrid. Lo primero que hace ella es pedir perdón en voz alta. Y lo repite varias veces. Es su último día de rodaje en Seseña, lo que unido al tráfico propio de la Gran Vía madrileña, en la que además se está llevando a cabo una manifestación, la han hecho llegar unos minutos después de lo previsto.

Muy pronto se une a la mesa en la que los productores explican el espíritu de la película. Purgatorio está creada en tres fases: la preproducción, en la que se eligieron al director, Pau Teixidor, y el guion, de Sergio Sánchez y Luis Moreno, por medio de un concurso-festival, la producción y, por último, la distribución y exhibición del producto, que, según cuentan, será innovadora y se ajustará a las nuevas demandas y hábitos de consumo del cine español. “Es importante que el cine se consuma en salas, pero tampoco queremos discriminar la posibilidad de que los espectadores quieran que las películas vayan a ellos”, argumenta López Lavigne.


“Con Oona queríamos incorporar a la mejor actriz posible para hacer el personaje de Marta, pero también a un nombre representativo para la nueva generación tanto de cineastas como de consumidores de cine”, explica el productor de Apaches. La actriz española, consagrada tras sus interpretaciones en las series Juego de tronos y en la británica Dates, reconoce que cuando le ofrecieron el proyecto aparcó sin dudar las vacaciones que tenía previstas, tras rodar la serie de BBC The Hour, para unirse al rodaje. “Me enamoré del director. Pau Teixidor es un hombre de una sensibilidad, un sentido del humor y una inteligencia… es muy único”. El director del corto Leyenda debuta en el largometraje con esta cinta psicológica.

Oona Chaplin, que tendrá en esta cinta su primer papel protagonista, encarna a Marta, una mujer que acaba de mudarse con su marido a una urbanización nueva de aire solitario “que parece que está muy lejos de todo”, según la propia intérprete. En la primera noche se tiene que quedar sola en la casa y una vecina le dejará a cargo de su hijo, interpretado por Sergi Méndez (Hispania), debido a una urgencia. Esta situación ofrece un psico-thriller con los dos como únicos protagonistas.

“La película es la más inteligente que podíamos hacer”, sentencia Oona, y, preguntada por la influencia del dinero, añade: “el presupuesto se debe decidir en proporción al tamaño del proyecto. Si el proyecto es bueno, el presupuesto es lo de menos”.

Purgatorio, rodada en tres semanas, y que supone el debut como director de largos de Teixidor así como el estreno como protagonista de Oona Chaplin, llegará a las salas, si todo marcha según lo previsto, el próximo abril.

Publicado en Punto de Encuentro

lunes, 9 de diciembre de 2013

Al calor de la intemperie

"La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida". La sentencia, que llega aproximadamente en la mitad de la novela, podría resumir perfectamente la esencia del libro. En ese momento al protagonista de la historia, un chico de no más de diez años, aún le quedan por ver muchas cosas que no debería ver a esa edad, pero a su vez ya ha visto, y experimentado, otras tantas.

La novela de Jesús Carrasco, ganadora del Premio al Libro del Año otorgado por el Gremio de Libreros de Madrid, narra la huida del chico por la geografía baldía de una España rural, no sabemos si del futuro o el presente, que algunos reconocerán desde la primera línea.

El narrador cuenta la escapada del niño, pero no sus motivos, que sólo se dejan entrever con algunas afirmaciones sobre la situación del pequeño en la casa o su relación con el padre. Jesús Carrasco dosifica la información para llenar las esquinas de su novela de oscuridad con la única intención de arrojar luz a medida que se acerca al final.

El autor se recrea en una escritura muy cuidada y de trazo fino para narrar lo tosco del espacio, en el que la línea temporal transcurre lenta, con un ritmo tan pausado que a veces no parece que la intención de la novela sea avanzar en la historia y sí hacerlo en el aprendizaje del niño y el desarrollo de la psicología derivado de su necesidad de aprender a sobrevivir.

En ese aspecto entra el juego el personaje del cabrero, un viejo que apadrina al muchacho y lo acompaña para guiarlo en su aprendizaje mientras se sirve de su vitalidad para su propia comodidad. La simbiosis creada entre los dos insinúa una metáfora de la vida que acaba de comenzar, la del joven, y la muerte que está por llegar, la del viejo.

Durante toda la novela seguimos de cerca los movimientos del chico, unos pasos por detrás, la distancia que toma el narrador con respecto a los movimientos de la pareja, para acercarnos al escenario principal sólo en los momentos más importantes, como el instante en el que Jesús Carrasco nos revela el secreto que acompaña en silencio al niño durante toda la historia, que resulta más desgarrador por su crueldad que sorpresivo.

La escritura es, sin ninguna duda, el apartado que más se disfruta del libro, primera novela del autor. Cada párrafo denota cuidado y gusto por lo escrito, la belleza de cada frase supera con creces a la historia que cuenta, que ha llegado a ser comparada, en una tremenda hipérbole, con La carretera de Cormac McCarthy. Es cierto que toma de ella la incertidumbre ante un escenario desolador –la geografía sin apenas gente, los campos yermos, etc.­–, la idea del camino y la huida y algunos detalles a la hora de mostrar la relación paterno-filial establecida entre el niño y el cabrero, pero la realidad es que la novela del autor norteamericano es difícilmente alcanzable.

Intemperie es una novela agradable, de lectura sencilla gracias a la magnífica escritura, pero que deja algunas dudas en el aire sin llegar nunca a resolverlas. Un digno debut literario sobre el aprendizaje forzoso de un niño que se ve obligado a huir de su familia y de su propia vida al que “la intemperie había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida”.

Publicado en Otro Lunes (nº 30)

lunes, 18 de noviembre de 2013

La reinvención de la soledad

La invención del amor. José Ovejero. Alfaguara, 2013. 256 páginas. 

Escribimos por la misma razón que leemos y por la misma que nos dejamos llevar por la imaginación: para poder vivir en otras vidas. Necesitamos de las historias para sobrevivir, para escaparnos de lo que a veces nos parece una vida tediosa o para sentirnos vivos; en definitiva, para completar nuestra existencia. Esa es la razón de que, por ejemplo, exista el cine, la televisión o la literatura. 

Sobre ese pivote, la imaginación, gira una y otra vez la última novela de José Ovejero, ganadora del Premio Alfaguara de Novela de 2013 y editada por el mismo sello. Samuel es un joven normal, un preso de la cotidianeidad, que sin embargo no tiene aparentes quejas con su vida. Es socio en una pequeña empresa dedicada a una rama de la construcción, tiene un grupo de amigos con los que pasar el rato y se confiesa como lo que un buen amigo mío considera un solterón alegre de su condición. 

Pero los cambios llegan, para bien y para mal, cuando menos lo esperas. Abres la puerta y, ¡bum!, ahí lo tienes, sin envolver. En este caso, recibes una llamada y tu vida cambia por completo. “Samuel, hola, soy Luis. Tío, no me lo puedo creer. Clara… Clara ha muerto.” Ya está, el motor de cambio de una vida acaba de instaurarse. El problema es que, en la novela, el cambio arranca en el sitio en el que no debe, ya que Samuel, el protagonista, no conoce a ninguna Clara. A pesar de ello, su tedio tras una noche de copas en la que piensa que su vida gira en torno a una repetición constante le lleva a hacerse pasar por ese otro Samuel que no es. De esta forma, decidido a no sabe qué, acude al funeral de Clara, con la vaga idea de saber quién es y de conocer a la persona que lo ha avisado del accidente, sin duda confundiéndolo con otro Samuel. 

Sin embargo, quién sabe si la excitación, la necesidad de inventar historias o el puñetazo que recibe del marido de Clara en el tanatorio lo llevan a seguir con la pantomima para conocer más de esa mujer y, sobre todo, de ese otro en el que se va a empezar a convertir poco a poco. ¿Por qué se merecía ese puñetazo? ¿Qué ha hecho Samuel? ¿Quién era en la vida de Clara? Para contestarse todas esas preguntas se vale de una mujer que lo recoge justo después del golpe recibido y lo lleva a casa; una mujer atractiva, que al principio entendemos como una de las amigas de Clara, a la que iremos descubriendo a la vez que el protagonista, en una clara declaración de la situación del lector en toda la historia. 

La invención del amor narra la vida –o las dos vidas simultáneas– de Samuel, que un día decide emprender una búsqueda del yo a través de su negación, con un proceso por el cual el protagonista se deja llevar por la vida de otro. Ovejero reflexiona sobre el peligroso dominio que la invención ejerce sobre el ser humano. Conocemos poco a poco a Carina, nos enamoramos (o no) de ella, de sus reflexiones, de su pausa y de la proyección que hacemos de su personaje porque aún no lo conocemos. Y nos indignamos con la actitud cobarde de Samuel, porque en el fondo comprendemos ese impulso imprudente de seguir adelante con la mentira. Porque, en realidad, cualquiera de nosotros fabula con ideas similares, con inventarse que es otro para ganarse a alguien o simplemente por el placer de salir de nuestra piel por unos momentos. Pero la impostura siempre conlleva unos riesgos, los riesgos propios de la mentira, que llevada al extremo puede dañar todo nuestro entorno para que el mentiroso siga manteniendo su coraza. 

La novela de José Ovejero es, según sus propias palabras, “una novela de amor para gente que no lee novelas de amor”. Y así es. Nos adentramos en una novela de intriga introspectiva en la que vamos descubriendo los misterios a través de giros narrativos, a veces demasiado inverosímiles, que sólo se atisban una vez sobrepasados. Samuel nos cuenta una historia de amor tan perfecta que en ningún momento alcanza a rozar un ápice de perfección. Y una historia de amor tan ilusoria, la de Clara, fruto total de la imaginación del protagonista, que da pie a la realidad más improvisada y cierta, la que sí vive con Carina. 

Con La invención del amor José Ovejero nos lleva a un Madrid grisáceo y tristón, de calles angostas, vencejos y olor a calamares, pero también al de Atocha, las flores de Tirso de Molina y los paseos por el Retiro. Un Madrid atropellado en el que, aun así, caben reflexiones sobre la invención, el amor –que vertebra sigilosamente toda la obra­–, el deseo o la memoria, como esta: “Nunca me han gustado los álbumes de fotografías: en ellos la gente tiende a parecer más feliz de lo que es, porque solo fotografiamos las fiestas, las celebraciones, las ocasiones en las que estamos con amigos, los viajes, e incluso los momentos en los que no estamos del todo felices, cuando nos ponemos delante de la cámara tendemos a sonreír, a estrechar el cuerpo que tenemos al lado con más fuerza o más emoción de la que sentimos. […] Supongo que los álbumes, o las colecciones de fotos que guardamos en nuestro ordenador, tienden a compensar el trabajo injusto de nuestra memoria, pues ella suele quedarse más bien con lo doloroso, con traumas y frustraciones, con lo que no hemos conseguido, con la situación en la que no reaccionamos como habríamos deseado.”

Publicado en Punto de Encuentro

viernes, 8 de noviembre de 2013

Stockholm syndrome

Explica Javier Marías en una de sus novelas la teoría por la que cuando una persona se enamora no lo hace de alguien, sino contra alguien. El amor puede ser una confrontación inagotable, un continuo cabezazo contra la pared y, algunas veces, una azotea desde la que mirar al horizonte por encima de todo o desde la que arrojarse al vacío.

En Stockholm, segunda película dirigida por Rodrigo Sorogoyen tras 8 citas, el amor es todo eso y más. Pero también mucho menos. La historia comienza una noche cualquiera, en una fiesta cualquiera, con dos personajes cualquiera; es un “chico conoce a chica” clásico. A ella (Aura Garrido) no parece hacerle mucha gracia al principio, pero a base de insistir y perseguirla, él (Javier Pereira) consigue seducirla para que se quede un rato más.

La noche madrileña será reconocible para cualquiera, algunas de las conversaciones que él intenta entablar, y el tonteo con el que intenta engatusarla, también. Sin embargo, a medida que la conversación y la noche pasan, él parece no entender algo: hay un límite que ella no quiere sobrepasar, aunque pudiese llegar a estar dispuesta a hacerlo.

Así se resume la primera mitad de la película, en una sucesión de secuencias casi teatral en la que los dos dialogan sin parar. Y entonces tiene lugar la ruptura, con la escena más poética y efectista de la cinta: un baile de ascensor y escaleras, en el que, mientras suena La gazza ladra de Rossini, una intenta salir del edificio y el otro que no lo haga para al final consumar el beso que toda la noche se intuía. El secuestro al que da nombre a la película se ha consumado.


A partir de entonces, cuando pasa la noche y sale el sol, todo parece haber cambiado. Ahora es él quien parece no tener más ganas de que ella se quede en casa y ella la que pone su paciencia a prueba con el mismo juego que él utilizó la noche anterior para seducirla. Cambio de tornas que puede llevar la situación al límite.

Stockholm es una panorámica de la manera de relacionarse de los hombres y las mujeres, ahora y siempre. Es verdad que la película supone un retrato quizás más fiel de la generación actual, la generación del “quiero esto y lo quiero ya”. La generación de la impaciencia, en la que por la noche, cuando todos nos ven, somos unos, y por la mañana, al resguardo de nuestro escondite, otros completamente distintos. La generación del “he conseguido esto, me ha costado mucho, pero ahora ya no lo quiero”.

El film se apoya incondicionalmente en los diálogos, con una teatralidad que llevan las secuencias a rozar los diez minutos mientras los dos conversan, se aprietan el uno al otro y se prueban. Por momentos, esa tensión latente y el cambio de tornas puede recordar vagamente a los funny games de Haneke, sobre todo cuando ella lleva el peso de la conversación. Aura Garrido (Crematorio, El cuerpo, Los ilusos) brilla por encima de todo con luz propia, y con una palidez tan lúcida como bella, que le han valido una merecida Biznaga de Plata en Málaga a la mejor actriz protagonista. Una protagonista que brilla más por la mañana que por la noche, a la que el giro sobre el que pivota la película le sienta de maravilla.

Es por la mañana cuando acompañamos a los personajes a la azotea, desde la que podemos intuir algún edificio emblemático de Madrid. La azotea, que cobra un valor tan simbólico. El aire que no hace más que representar la cárcel sobre la que se erige. “Ya no quiero hacer cosas que no quiero hacer”, dice ella por la mañana en referencia a lo ocurrido la noche anterior. La metáfora de la azotea como única ilusión de escape, la misma que utiliza el escritor Eduardo Ovejero en su última novela, La invención del amor.

Se puede decir, sin desvirtuarla ni una pizca, que Stockholm son dos películas en una, que se mueve entre dos géneros: una comedia romántica cercana a lo indie, en la primera media hora, y algo más cercano al thriller o al drama en la segunda. El resultado es un conjunto que engrana perfectamente, en los que, como mucho, chirría la escena introductoria, que pretende introducir una justificación al título de la película que, con el desarrollo, no habría sido necesaria. Por lo demás, un canto al cine hecho con escasos medios y por amor al arte, nunca mejor dicho, ya que el equipo sacrificó su sueldo para poder sacar adelante el proyecto. Digno de aplauso. Se cierra el telón. Os espera Estocolmo.

Publicado en In Magazine

miércoles, 9 de octubre de 2013

Cuando calla el cielo

Las lágrimas de San Lorenzo. Julio Llamazares. Alfaguara, 2013.

Las historias que envuelven a un padre y un hijo, por lo general, son de una belleza especial. Se me ocurren, sin pensar demasiado, La carretera, La invención de la soledad… La historia que narra Llamazares en su última novela, en esa línea, no es más que la historia de amor de un padre hacia su hijo envuelta en los recuerdos que le suscita la lluvia de estrellas veraniegas durante la noche en la que narra –recuerda, piensa– todo.

Es la noche de las perseidas y el protagonista está esperando que caigan las estrellas del cielo con su hijo Pedro. Es el comienzo de la historia que nos envuelve. El comienzo del fluir de la memoria para el protagonista, que recuerda a su padre, que un día también estaba ahí con él esperando que el cielo se cayese al mar con todos sus dioses.

Es el principio de un deambular por la memoria, por la pasada y por aquella que es proyectada hacia el futuro: ¿qué será de mi hijo?, ¿cómo vivirá cuando yo no pueda estar con él?, ¿qué recuerdo estaré forjando en su memoria?, ¿será capaz de sustituirme por otro alguna vez? La memoria es el centro sobre el que se construye esta historia. La memoria, como podemos ver en seguida, en dos direcciones. El avance del tiempo, que nunca para, la vida como río que va al mar a buscar la muerte. Quizás este sentimiento para con el tiempo quede resumido a las mil maravillas en esta frase del protagonista: “la tragedia de los profesores es que cada curso que pasa tenemos un año más, mientras que nuestros alumnos tienen los mismos siempre.”

Mientras la noche avanza, como metáfora de la vida, el padre va aprendiendo cosas sobre el pequeño Pedro: sus miedos, sus reacciones con respecto al divorcio, la posibilidad de que piense que él ha estado huyendo, el rechazo que podría llegar a ocasionarle esta supuesta huida… Porque el protagonista de la novela, profesor de universidad, lleva años viajando de ciudad en ciudad, recorriendo Europa con el único afán, aunque él no quiera reconocerlo, de huir de su anterior vida. Esa vida que cuando perdemos nos llama con el poder de las sirenas, esa voz que o nos atamos a un mástil o acaba por devorarnos las entrañas. La vida, en definitiva, que disfrutaba junto a su ex mujer Marie, madre de su hijo. “Era hija de emigrantes españoles, de ahí que hablara español a la perfección. Eso sí, con suave acento francés, lo que la hacía aún más atractiva.” Esta es una observación a priori muy normal. Sin embargo, en lo más profundo de su significado late ese amor perdido, esa nostalgia que siente ahora hacia ella y hacia su propio hijo, cada vez más lejos.

Sin embargo, como recuerda que le decía su madre, nadie muere mientras brilla su estrella. Y el amor, como la vida y la muerte, tiene su propia luz y sus destellos. Eso es lo que parece pensar el protagonista sobre su anterior vida, a la que siempre parece tener una pequeña esperanza de volver. Como siempre parece tener la ilusión de volver a ver a su tío desaparecido en la Guerra Civil, al que estaba acostumbrado a ver en un retrato en casa de la familia y al que todos dieron por muerto a pesar de nunca haber recibido la noticia, o a su propio hermano, fallecido en un accidente cuando aún era un niño. Porque la mente de los hombres los hace –nos hace– que vivan en un engaño constante, creyendo que los imposibles, en algunas ocasiones, no lo son tanto.

Pasa la noche y Pedro y él siguen ahí parados mientras se da cuenta de que han pasado doce años desde que nació y que en su vida ya empieza el descenso. Toda esta nostalgia pesarosa es aderezada por el silencio, la estampa de las perseidas dejándose caer sobre el lecho salado del mar y los recuerdos que invaden la memoria del protagonista a traición mientras, como si fuese la última vez, porque cada vez lo siente más distanciado, echa la mano sobre el hombro de su hijo para protegerle de la brisa nocturna de Ibiza.

Las lágrimas de San Lorenzo en este caso son metafóricas, ficticias, enfermizas, porque la nostalgia, al fin y al cabo, es una especie de enfermedad. A través de una estructura que se fragmenta y desfragmenta entre recuerdos del padre fallecido, pensamientos y retornos mentales a la casa familiar, consejos fallidos al joven Pedro y lamentaciones por la vida y el tiempo perdidos, Julio Llamazares reflexiona y cuenta una historia sobre el paso del tiempo y las raíces, sobre los lazos familiares y la importancia de mantener viva siempre la esperanza. Una historia, en definitiva, sobre el amor de un padre por su hijo y el recuerdo de cuando él mismo era todavía el hijo al que echaban la mano por encima del hombro para protegerlo del frío. Un recuerdo de cuando era plenamente feliz.

Publicado en Otro Lunes

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Memorias de estío

Todo lo que una tarde murió con las bicicletas. Llucia Ramis. Libros del Asteroide, 2013. Prólogo de José Carlos Llop.

“Ocultar los recuerdos como si fueran guerreros de juguete que perdieron la vida en una batalla ficticia. Los enterramos a los pies de un árbol, rezamos un par de oraciones y los olvidamos al cabo de unos días. Una tormenta y el tiempo remueven la tierra. Del lodo resurgen, maltrechos y descoloridos, aquellos guerreros infantiles que dábamos por desaparecidos.”

Siempre que termino una novela me gusta extraer una frase que la pueda identificar o resuma con brevedad lo que transmite. En el caso de esta obra nunca tuve duda de que tenía que ser este bellísimo párrafo. Para la narradora que nos cuenta esta historia esa tormenta se llama paro y la consecuencia más directa del chaparrón es que tenga que volver, con la treintena ya cumplida, a vivir en casa de su familia.

En la primera página la autora despeja la duda que muchos tendrían en caso de leer el libro sin ver antes la nota aclaratoria: “Esto no es una autobiografía”, escribe. Sin embargo, aunque a lo mejor no es la de la propia autora, la novela sí es una autobiografía en el sentido menos taxativo de la palabra. Es la autobiografía de un personaje, la narradora, que cobra vida y nos cuenta en su voz las vivencias de varias generaciones.

La escritora habla, fundamentalmente, de la familia y del paso del tiempo. De la familia como una unidad vehicular entre el pasado, el presente y el futuro; y del paso del tiempo como el pie a la introspección de la narradora y como el modo que tiene de conocerse a sí misma a través de los demás.

Todo lo que una tarde murió con las bicicletas –título nostálgico en su misma esencia– supone una mirada al pasado, una evocación de las largas e interminables jornadas estivales, en las que apenas nada importaba, hecha desde la madurez y la dureza del presente para la narradora de la historia. 

A lo largo de las páginas Llucia Ramis da una pequeña vuelta de tuerca a las novelas de sagas familiares, reinterpretándolas para obtener un resultado que nada tiene que ver con ellas, a las que supera –o actualiza– se mire desde donde se mire. Y lo hace con una escritura pausada, no pensada para aquellos que sólo degluten palabras, que se disfruta en cada línea, se degusta en cada intersección. La obra de Ramis conserva el sabor y el olor del verano para rememorarlo desde el más despótico de los inviernos. La escritura transcurre lenta, asemejándose a ese propio estío para el que parece idónea, y cargada de pequeñas historias familiares que azuzan a la trama central en una constante pugna entre el lirismo y la crudeza. 

La continua aparición de estas anécdotas familiares –historias de abuelos, padres e hijos–, así como la importancia de los detalles que la autora desliza entre los pensamientos de su personaje, tildan la novela de un estilo intimista que aporta esa porción de realidad que toda ficción necesita, por inventada que sea.

No querría terminar de hablaros de esta obra sin reseñar el prólogo que le dedica José Carlos Llop a Llucia Ramis, que merece –al menos– un párrafo. Una introducción delicada, personal y cargada de buenas palabras y memorias con la que abre de forma magistral este libro. Si yo fuese Llucia –ya me gustaría escribir la mitad de bien– estaría orgullosísima cada vez que la leyese.

Publicado en Punto de Encuentro

lunes, 2 de septiembre de 2013

El dramaturgo y el mar

Shakespeare y la ballena blanca. Jon Bilbao. Tusquets Editores. 232 páginas. 

Probablemente si antes de leer este artículo te levantas y preguntas a la gente de tu alrededor cuál es la ballena más famosa de la Literatura, la mayoría te responderá, sin dudar, que es Moby Dick. Y efectivamente lo es. Y si, antes de volver a sentarte, haces preguntas sobre Shakespeare, las respuestas que obtendrías podrían ser divagaciones sobre El sueño de una noche de verano, llevada al cine en algunas ocasiones, sobre la archifamosa película Shakespeare in love, que da pinceladas sobre la vida y obsesiones del dramaturgo, con mayor o menor acierto; y, si tienes algo de tino, quizá te hablen de Hamlet, MacBeth o Ricardo III

Jon Bilbao, de un plumazo, o más bien en unas cuantas páginas, rompe en cierta manera con esos mitos. O quizás sea más acertado decir que nos proporciona una visión distinta de ellos. En su nueva novela, el escritor asturiano nos habla de un Shakespeare muy distinto al que nos han retratado en otras ocasiones. Un Shakespeare que se enrola, o lo enrolan, en un barco lleno de marineros y militares, junto a una compañía de teatro, para ofrecer unas representaciones a la corte danesa en nombre de la reina Isabel de Inglaterra.

Shakespeare y la ballena blanca narra las tribulaciones del Nimrod cuando es atacado varias veces por una ballena de aspecto siniestro que incluso porta cadáveres humanos sobre su propio cuerpo, trofeos de ataques anteriores a otros buques. Para Shakespeare el encontronazo con la ballena supone la perfecta excusa para echar a rodar la maquinaria creativa y ponerse a imaginar lo que él considera que será la gran obra maestra de su carrera. Una representación con la que revolucionará la manera de hacer teatro y quedará para siempre en la memoria colectiva, una idea que, llevada a cabo de la forma idónea, confirmará que, como dramaturgo, es un adelantado a su tiempo.

La escritura de Jon Bilbao es envolvente –lírica en ocasiones, directa en otras– y nos adentra en un mundo novelesco, con puntadas de ficción clásica, en el que alternamos la aventura del navío con los recuerdos del Bardo, en forma de flashback, alucinaciones o simples evocaciones que surgen mientras fabula con su nueva creación. Son esas analepsis las que Bilbao aprovecha para contarnos, acertadamente, algunos episodios de la vida de Shakespeare que humanizan al personaje, lo acercan al lector y ayudan a comprender mejor algunas de sus obsesiones patentes a lo largo de la novela.

Por otra parte, el Londres oscuro de la época, el de las tabernas, el de Marlowe y el conde de Essex, queda retratado a la perfección sin que los personajes lleguen siquiera a pisar su suelo sucio. Igual que el retrato del Shakespeare dramaturgo, perfectamente dibujado en las páginas de la obra. A pesar de que nunca le vemos escribiendo ningún acto, podemos intuir en el personaje al genio innovador que fue William Shakespeare. Su lucha por la inclusión de mujeres representando sus papeles, su aversión a que estos fuesen interpretados por niños, su obsesión por los decorados del Globe o, incluso, su ferviente creencia en derribar la cuarta pared y hacer al espectador partícipe de la obra; todo eso queda perfectamente ensamblado con el Shakespeare que imagina, recuerda, y sufre temores.

La construcción de los personajes mediante la alternancia de momentos “a tiempo real” y remembranzas del pasado permite conocer el porqué de algunos comportamientos y reacciones, véase la rivalidad entre Shakespeare y Marlowe, por ejemplo, así como oculta la información precisa para mantener al lector esperando desenlaces hasta el último momento. Será la amistad entre el Bardo y Henry Wriothesley, conde de Southampton, la que aporte el giro final que ayude a entender por qué el escritor no sigue adelante con la que, considera, será su gran obra.

Poco a poco, las ideas de Shakespeare para su obra de teatro se funden con la realidad del Nimrod hasta el punto de fundirse casi por completo. Pero… ¿pensó Shakespeare el Moby Dick que escribiría Melville un cuarto de milenio después? Es imposible saberlo con certeza, pero para qué queremos saberlo si mientras tanto podemos disfrutar de fábulas como la de Jon Bilbao. Shakespeare y la ballena blanca es una novela de historia-ficción con muchas referencias y con el regusto a salitre de las luchas que se libraban en la propia Moby Dick o en El viejo y el mar de Hemingway.

Publicado en Punto de Encuentro

viernes, 2 de agosto de 2013

La máquina "tragapiernas"

Niños futbolistas. Juan Pablo Meneses. Blackie Books. 224 páginas.

“En esta historia todos obtienen lo suyo. El que gana dinero y prestigio con películas, documentales, libros y reportajes sobre la esclavitud de estos chicos, de éste eslabón que todos saben que ahí está, que existe, que es muy real, pero matar vacas es malísimo y comérselas es riquísimo, pero explotar niños futbolistas es malísimo pero ver a tu equipo lleno de nuevas estrellas es maravilloso, y el que muestra eso que nadie quiere ver también gana, porque en la cadena todos ganamos algo. Unos más, otros menos, pero todos ganamos. Esa es la derrota.” 

Con este durísimo párrafo podría resumirse el inmenso trabajo de Juan Pablo Meneses en su libro Niños futbolistas. Una trabajo de investigación, englobado en lo que el autor denomina periodismo cash (“comprar y luego contarlo, consumo + escritura”), que destapa un negocio que, como se dice en el párrafo anterior, todos sabemos que está ahí. 

El autor se presta a comprar un niño futbolista para traerlo al mercado europeo de los grandes clubes. Sí, aunque suene cruel, aunque se asemeje a negociar con trozos de carne, así es. Se compran y se venden personas igual que ganado para regocijo de los grandes Madrid y Barcelona de turno, por hablar sólo de España. 

“En el mundo del fútbol, para ganar dinero es mejor no encariñarse con los chicos. Una de las razones lógicas para dicho consejo es que, según las estadísticas, el niño objeto de la compra muy probablemente no llegará a jugar en un gran equipo. Y encariñarse con un fracasado, dicen todos los del fútbol, es un mal negocio por partida doble: no recuperas la plata, y tienes que mantenerlo aunque no te sirva.” 

Y así es. El negocio del fútbol es un estadio lleno de fracasos, de hoyos y tropezones, plagado de chavales que han abandonado su casa, su familia y, en definitiva, su infancia, para terminar con los sueños rotos y malviviendo de cualquier manera. La “maquinaria tragapiernas”, como llama Meneses al negocio del fútbol, queda retratada con la sucesión de historias de jugadores que han sido comprados anteriormente y el análisis del propio proceso comercial que él lleva a cabo, o intenta, durante la escritura de este libro. Son historias tan rocambolescas como la del niño de dieciocho meses que fue “fichado” por el VVV Venlo de la primera división holandesa porque aparecía jugando al balón en un video de YouTube. 

Durante toda la obra, una suerte de periodismo tintado con tonos novelados, el escritor sigue y detalla el proceso, desde la investigación del mercado hasta que se efectúa la transacción y los derechos del pequeño jugador pasan a ser de su propiedad. Un proceso similar al de su anterior trabajo, La vida de una vaca, en el que Meneses compraba un ternero para documentar los pasos por los cuales el animal acababa en la estantería del supermercado o en el plato de una familia. 

Entre las páginas de Niños futbolistas encontramos conversaciones con agentes sin escrúpulos, con algunos padres de los chavales, con los propios niños futbolistas –el único componente de inocencia con el que nos toparemos–, entrenadores y un largo etcétera de personalidades con influencia a lo largo del proceso. Sin embargo, Meneses no deja de lado otros modelos de gestión del futuro de los niños. Sorprende mucho el caso del Club Social, Atlético y Deportivo Ernesto Che Guevara, en el que aseguran que su principal objetivo es la formación de líderes sociales a través del fútbol. Quizás algunos puedan decir que también es una forma de corromper y manipular la inocencia de los niños, pero desde luego que entre todas las barbaridades propias del negocio de compra-venta puede llegar a verse como un oasis en el desierto. 

Niños futbolistas es un libro en el que Meneses trata de no juzgar, para bien ni para mal, sino que muestra una realidad involucrándose en ella. En cierto modo, colabora con ella para retratarla en este libro y que sea el lector quien juzgue lo que pasa, de la manera en la que él crea conveniente y oportuna. La obra del periodista chileno supone un buen pozo de reflexión sobre cómo estamos haciendo determinadas cosas, sobre cómo el deporte ha dejado de ser sólo eso, sobre hasta qué punto anteponemos el dinero sobre las personas. Sin embargo también deja la espina de cómo el resto, los que no ponemos dinero, los demás, la multitud silenciosa que verdaderamente sí existe en ocasiones, nos convertimos en una especie de cómplices de todo ello cuando gritamos un gol cada fin de semana en los Bernabéu, Camp Nou, Monumental o San Siro de turno.

Publicado en Punto de Encuentro

lunes, 15 de julio de 2013

Madrid, estación fantasma

Saliendo de la estación de Atocha. Ben Lerner. Mondadori. 208 páginas. 

“Al terminar de cenar estábamos borrachos y mientras nos dirigíamos haciendo eses al piso de Teresa pensé para mí: La vida que llevo aquí es maravillosa, da igual si es la mía o no.” 

El que pronuncia esta frase es Adam, el narrador de esta historia, y quizás sea una de las frases más representativas de Saliendo de la estación de Atocha. Porque si algo hay en esta novela son vaivenes (o eses): los del protagonista entre dos mujeres, Isabel y Teresa, y también entre sus Estados Unidos o la España en la que ha caído gracias a una beca de investigación. 

Vaivenes y la propia vida que traquetea por encima de ellos. Por eso la frase resume muy bien el espíritu de la obra de Lerner. Esa vida, que cuando menos te lo esperas te asesta un golpe y te noquea, es la que viven los protagonistas en una ciudad muy reconocible. Lerner nos traslada a Madrid en sus páginas, al Madrid de 2003, y lo hace de la mano de Adam, un poeta emergente que es becado para llevar a cabo una investigación en torno a la poesía española. 

Adam llega desde Providence y sufre evidentes problemas de adaptación social, la soledad del que llega; el englishman in New York trasladado a Madrid en la piel de un norteamericano tímido e introvertido. Poco a poco vemos su aclimatación, llevada a cabo entre marihuana, alcohol y tranquilizantes auto prescritos desde su azotea en la plaza de Santa Ana. Esa adaptación da un paso importante –y quizás vital- cuando, en un espacio corto de tiempo, conoce a Isabel y a Teresa en dos fiestas. Pero, ¿qué puede importar que, en sus estas nuevas relaciones, juegue a reinventarse una vida que no es la suya si, cuando termine su beca, probablemente no vuelva a ver a esas personas nunca más? 

Adam, arrastrado por esa idea de una estancia temporal en España, convierte todas sus relaciones en una especie de impostura (quizás el mejor ejemplo sea la “noche de lujo” que pasa con Isabel). El poeta se deja llevar peligrosamente por una espiral de mentiras que se complicará cuando, tanto con Isabel como con Teresa, comience a entablar relaciones más serias, a intimar y empiece a experimentar algo más hacia ellas. 

Es en ese momento cuando la vida asesta ese golpe que siempre tiene reservado. Es 11 de marzo y, cuando Adam sale al Paseo del Prado, escucha sirenas, bomberos, ajetreo, una ciudad estremecida que no sabe qué ha pasado, pero que sí sabe que, sea lo que sea, es muy grave. Quizás, es el punto de inflexión más importante en el personaje, que empieza a reconocerse como parte de la historia y la sociedad, acudiendo a las manifestaciones de la mano de Teresa. Ben Lerner ha creado un Madrid reconocible en casi todas sus vertientes, sobre todo en los días posteriores al atentado, en los que podemos ver al pueblo madrileño confundido, aturdido y en una situación de convulsión social. Y lo ha construido desde la experiencia de un personaje extranjero, lo cual no hace otra cosa que ayudar a generar tensión y a que nos sintamos tan confundidos como él, pese a conocer bien el periodo en el que se asienta la trama. 

A partir de entonces vemos un Adam entre dos aguas, más todavía si cabe. Entre dos países, entre dos vidas, entre dos mujeres; un Adam confundido, que no sabe nada sobre él mismo ni sobre nadie. Un poeta al que algún día se le terminará la beca y no sabe qué vendrá después, ni siquiera sabe qué es lo que quiere que venga. Un joven que se debate entre la idea de quedarse e intentar llevar una vida en Madrid (porque, como le dice Teresa, “ya puede vivir en español”) o volver a su casa y a su vida anterior. Un chico que no sabe si correr detrás de Isabel a Barcelona o permanecer con Teresa en su piso de Madrid. Una dualidad constante que arrincona al protagonista como un púgil en manos de su rival. 

“Un poco antes de las diez sonó el timbre y bajé a la calle y me encontré con Teresa. Me besó en los labios y me enamoré de ella”. Un chico que, a pesar de esta tajante afirmación, poco antes había pensado algo parecido de Isabel. El protagonista es un reflejo de sí mismo y de su generación –la nuestra-, un nido de confusión en todas sus versiones posibles; un trasunto perfecto de la situación social con la que se solapa, las fechas posteriores al 11M y a las elecciones generales que llevaron a Zapatero a la presidencia del Gobierno. 

El escritor norteamericano consigue trasladarnos esta disyuntiva: nos sorprenderemos aconsejando internamente a Adam para que se quede o se vaya, para que vuele detrás de Isabel o se quede con la dulce Teresa. Ben Lerner consigue hacernos partícipe, desde los ojos ajenos, de una ciudad que ya vivimos con intensidad sin centrarse exclusivamente en ella; hay que destacar que el protagonismo de esta novela no recae en Madrid ni en el momento histórico, pese a su innegable importancia como giro narrativo. El peso de la novela lo cargan en su espalda los personajes, que piensan, se mueven por celos, por amor, que son, en definitiva, humanos que sufren y padecen, que aciertan y se equivocan, que son personas, con sus buenas y malas connotaciones. Y ese es el gran acierto que convierte a Saliendo de la estación de Atocha en una novela remarcable en la actualidad literaria norteamericana.

Publicado en Otro Lunes (nº 28)

Huir de Ítaca

La misma ciudad. Luisgé Martín. Anagrama. 136 páginas. 13’90 €. 

Estamos hartos de escuchar que la vida cambia de un segundo para otro. Y estamos hartos de escucharlo porque cualquiera podría comprobar en cualquier momento que así es. Los tópicos a veces son ciertos. Luisgé Martín ahonda en esta, y otras cosas, en La misma ciudad

El día antes de que su vida cambiase por completo, Brandon Moy se topó en las calles de Nueva York, frente a la cristalera de un restaurante, con su viejo amigo Albert Fergus y su novia Tracy. Seguro que os ha pasado que os encontráis con alguien del pasado y el encuentro os deja con un sabor agridulce en el paladar. Al protagonista le ocurre algo similar: su amigo Albert Fergus ha tenido una vida plagada de aventuras, éxito, viajes, relaciones con mujeres… pero, ¿y él? ¿qué ha hecho él de su vida? Su matrimonio con Adriana y su hijo Brent parecen no llenarle lo suficiente y ve su vida completamente plana y vacía. 

Entonces, de repente, un estruendo. Nadie entiende nada en la ciudad. Ha llegado el 11 de septiembre y con él la barbarie que todos recuerdan –recordamos-, la herida que aún sangra, abierta, en el subconsciente de cada persona. La vida ha cambiado, como siempre, sin avisar. Moy ve en ello una oportunidad y, alentado por la incipiente crisis de los cuarenta, y por la suerte de llegar tarde a la oficina justo en el día en que un avión se estrella en la planta en la que él trabaja, decide dar un vuelco de 180 grados a su existencia. “A los cuarenta la felicidad se convierte en un asunto que concierne solamente a los demás”, dice el personaje en plena crisis. Porque el arrebato renovador es, en esencia, una crisis llevada al extremo. 

Lo primero será lo más duro: olvidarse de su mujer y su hijo, de su casa, de su escalera; obviar un pasado tan confortable como tedioso, a priori, para crear una nueva forma de vida. A partir de ese momento veremos a un personaje completamente distinto, un hombre que roba, para subsistir primero, por el mero hecho de hacerlo, después; que se crea una identidad falsa –Albert Tracy-, que se encuentra con mujeres al azar, que tontea con drogas… “Sólo merece la pena vivir si se hace con exageración”, dice el personaje, y a esa vida se lanza para experimentar lo que no ha podido, sabido, o querido en todos los años anteriores. 

Brandon Moy ha optado, ya en ese momento, por un descenso voluntario a los infiernos y pronto se verá arrastrado a ciudades como Boston, Bogotá o Madrid, donde conocerá al narrador que cuenta su historia. Una huida hacia adelante, muy austeriana, en la cual conocerá a grandes personajes, como el propio Auster, y empezará a verse con otras mujeres como Daisy o Alicia, a las que acompañará, y que con el tiempo le llevarán a pensar que está llevando una y otra vez su vida pasada, para la que siempre tiene un recuerdo, personificado en la foto de su hijo que guarda siempre con él. 

“Recorrerás las mismas calles siempre”, decía Kavafis en el poema que actúa como uno de los hilos conductores del libro. Y es que, al final, cada uno termina estando donde le corresponde estar, y por mucho que trate de huir, acaba transitando los mismos escenarios una y otra vez. 

Luisgé Martín nos habla de las segundas oportunidades, de la brutalidad de la vida, de la vigencia del pasado a pesar de que intentemos cambiarlo u obviarlo, y del destino, con un giro algo tragicómico en la última página que nos hará preguntarnos si cambiarlo todo vale o no la pena y si es verdad que “en la acera de enfrente todo va mejor”. La misma ciudad es una novela solvente, obviando todo lo que se dice sobre si es más real o menos; es simplemente una novela.

Publicado en Otro Lunes (nº 28)

jueves, 11 de julio de 2013

La amistad y la derrota

Lo que mueve el mundo. Kirmen Uribe. Seix Barral. 240 páginas. 19 €. 

El amigo del que más literatura he aprendido aseguraba en su crítica de Bilbao-New York-Bilbao, primera novela de Kirmen Uribe, que el escritor había conseguido crear un hogar en sus páginas, con lo difícil que resulta esa labor para un novelista. Hoy, después de leer Lo que mueve el mundo, podría concluir que tal vez esa sea la mayor seña de identidad en su narrativa: la creación, milímetro a milímetro, de un hogar. 

“Los peces y los árboles se parecen”. Con esta afirmación comenzaba la primera, y en ella se adivinaba por dónde iba a transcurrir la historia que Uribe nos quería contar: una historia sobre el mar, de marineros, sobre una familia de pescadores, la del Dos amigos. En esta segunda novela, la primera frase también nos revela la “excusa” con la que Kirmen Uribe nos adentrará en su historia, en este caso, los niños evacuados del País Vasco durante la guerra. 

Así conocemos a Karmentxu, la protagonista invisible de este cuento, una de esas niñas que, tras el devastador bombardeo de Gernika por parte de las fuerzas germanas, partió desde Bilbao hacia Gante, donde fue a parar a la casa del escritor Robert Mussche. Y digo protagonista invisible porque Karmentxu, a pesar de estar siempre presente, no aparece apenas en la historia de una forma tan evidente. Es la excusa, una especie de macguffin, para que conozcamos a Robert, el verdadero héroe de esta novela. 

A éste lo conocemos, en parte, a través de su relación con Herman, su mejor amigo, al que termina por perder de alguna manera. Porque hasta a los amigos es difícil mantenerlos a tu lado. “Y uno piensa cómo es posible que personas que un tiempo estuvieron tan cerca estén luego tan lejos; que las mismas personas que una vez se llevaron tan bien luego reaccionen con amargura, con rabia despiadada, como el peor de los amantes”, escribe el autor. Pues, quizás porque la amistad es, en última instancia, igual de potente que el amor y la traición duele incluso más cuando es perpetrada por tu mejor amigo. 

Una vez escuché decir a un reportero de guerra que un conflicto era capaz de sacar a relucir lo mejor y lo peor de los hombres. Como si atendiese a esta frase, descubrimos poco a poco la vida de Mussche, que desde la sombra cambió por completo el curso de la historia. Y la conocemos gracias a su hija Carmen, quien apenas pudo conocerlo, que le regala al autor la historia de su padre para que escriba esta novela. 

En ocasiones para ganar hay que arriesgarlo, o incluso perderlo, casi todo. En toda historia hay ganadores y perdedores, es inevitable, pero no siempre pierde más el que cae derrotado. Es el caso de esta historia: Robert Mussche ganó una “hija”, pero poco después perdió la vida en un buque-prisión nazi durante la Segunda Guerra Mundial; Herman, el chico tímido, mejor amigo de Mussche, ganó a su mujer Vic, pero perdió a su mejor amigo y alma gemela; la familia de Karmentxu ganó la seguridad y la vida de sus hijos, pero en ese movimiento los perdió a ellos mismos… Y así continuamente, toda historia encierra ganadores que pierden y perdedores que, alguna vez, ganan. 

Con Lo que mueve el mundo, Kirmen Uribe vuelve a una estructura más convencional, después de la fragmentaria Bilbao-New York-Bilbao. Y consigue solventarlo de una manera efectiva, pese a no brillar tanto como su predecesora. Le faltan para ello el encanto de esas pequeñas historias que nos emocionaron en la novela anterior: las lápidas de los enamorados, el naufragio del buque en plena orilla, el gesto del padre a su hija (maite, maite)… Esas historias cotidianas que, finalmente, terminan por dotar a la narrativa de una identidad y una voz únicas.

Publicado en Punto de Encuentro

miércoles, 5 de junio de 2013

La oscura vedette

La gran Marivián. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 280 páginas. 18 €. 

Tras sus Años lentos, libro del año pasado según el gremio de libreros, Fernando Aramburu vuelve con La gran Marivián para cerrar su trilogía de Antíbula, de la que ya habíamos disfrutado Los ojos vacíos y Bamí sin rostro. Con esta novela, el escritor donostiarra cierra el círculo y nos vuelve a adentrar en las totalitarias paredes del régimen colectivista de Antíbula. 

La narración comienza con la muerte y los solemnes funerales de estado que tienen lugar cuando muere Marivián. La gran Marivián, una actriz que transciende de los escenarios y las pantallas. Una vedette que, con el paso de los años y su carrera, se ha convertido en el rostro del régimen colectivista, guiado con mano dura por el camarada Ij. 

Para el narrador la historia comienza con una acusación, cuando se convierte en cabeza de turco por escribir supuestamente un obituario no tan entusiasta como el régimen desearía. Ante la inculpación, por la que se le retira la licencia, él decidirá investigar a fondo la vida oscura de la estrella, movido también por el deseo de encontrar respuestas a la muerte en extrañas circunstancias de su hermano, emparentado sentimentalmente con Marivián. 

Con un estilo narrativo fragmentario, Aramburu nos introduce en la ilusión del documental con entrevistas y testimonios de gente que conoció a la artista (su profesora de teatro, directores que trabajaron con ella…), narraciones de pasajes de su vida, así como sus propias indagaciones en archivos oficiales y bibliotecas privadas. A través de estos pasajes de la vida de Marivián, el autor hace una reconstrucción de la biografía de la vedette, desde su infancia hasta su muerte. 

Pero, como era de esperar, al régimen colectivista de Ij no le hace excesiva gracia esta indagación y el autor pronto notará la presión de la Posepu, la Policía del Pueblo, así como los intentos de desbaratar su investigación o de inducirle hacia pistas falsas de otros periodistas de tendencia contraria, en este caso, católicos, perseguidos también por el régimen antibulés. 

La gran Marivián indaga en el funcionamiento de estos sistemas políticos autoritarios, dando luz a muchas prácticas que no son para nada inventadas, que pueden ser incluso reconocibles de regímenes similares como la URSS estalinista, entre otras, aunque no haga falta remontarse tanto para encontrarlos. Aramburu ha cerrado su trilogía de Antíbula de forma brillante, creando la vida de un personaje muy carismático a raíz de su fallecimiento. 

¿Qué secretos esconde Marivián? ¿Qué le depara el futuro al periodista que investiga? Sólo puedes sentarte, leer y descubrirlo. Es evidente que Aramburu es uno de los escritores más en forma de nuestras letras y, por si quedaba alguna duda en el aire, con esta obra lo vuelve a dejar patente.

Publicado en Punto de Encuentro

viernes, 31 de mayo de 2013

'Aniverseries'

La revista endos.zero ha sacado su nuevo número, el 19, en el que el tema central son los aniversarios. En su nueva edición (página 48), publico un artículo en nombre de OchoQuince Magazine, que inaugura una colaboración entre las dos revistas.

Aquí lo tenéis:

jueves, 23 de mayo de 2013

Primer número de OchoQuince Magazine


Mi amigo Jorge Dueñas y yo hemos estado trabajando estos meses creando OchoQuince Magazine. Por fin se puede ver el resultado. OchoQuince es una revista digital sobre series de televisión (la que tenéis arriba) que pretende dar un paso más y no quedarse en lo sencillo y lo típico (reviews, opiniones, me gusta/no me gusta...). En nuestro magazine queremos tratar el tema de las series de televisión desde un punto de vista en el que las propias series se entrelacen con otras disciplinas (humanísticas, sociales, científicas...) y analicen las producciones, sus personajes, sus argumentos o cualquier aspecto de ellas desde con una mayor profundidad.

En el primer número de la revista (que podéis leer justo encima de este texto) aparecen dos artículos que yo he escrito: Las sitcoms. El limbo y la realidad (pág. 8) y Olivia Dunham: la fragilidad del caparazón (pág. 38).

martes, 21 de mayo de 2013

Miguel Ángel Hernández: “La indignación se ha generalizado tanto que casi se ha desactivado”


Si te mueves en el mundo del Arte, ya sea profunda o tangencialmente, probablemente su nombre te sea familiar. Miguel Ángel Hernández es autor de varios ensayos y libros sobre crítica de arte, entre los que se destacan Materializar el pasado. El artista como historiador (benjaminiano) o La so(m)bra de lo Real: el arte como vomitorio, entre otros. Además, es profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia y publica de forma regular en revistas de arte, tanto nacionales como internaciones, así como en su reputado blog No(ha)lugar, desde 2006. 

En cambio, para los que pertenezcan más al mundo literario, su nombre comienza a sonar muy fuerte justo ahora. Intento de escapada es su primera novela y en ella tampoco deja de lado el mundo del arte, que tan bien conoce. No obstante, podéis encontrar su narrativa también en los libros de relatos Cuaderno […] duelo e Infraleve: lo que queda en el espejo cuando dejas de mirarte, quizás uno de los títulos más poéticos que haya leído nunca. 

En Intento de escapada, Miguel Ángel Hernández nos cuenta una historia, relacionada estrechamente con el arte, sobre los límites del ser humano y su condición dentro del mundo. Sin duda, una de las novelas españolas a tener en cuenta en este 2013. 

¿Por qué te decidiste por una novela para contar algo relacionado con el mundo del Arte? 

Quizá porque quería “contar” algo que no era totalmente verdad. La novela es el género que mejor permite contar cosas que podrían pasar pero que no han pasado, o que no lo han hecho tal y como se cuenta. Y sobre todo, la novela, a través de la historia que se cuenta, transmite una experiencia del mundo que quizá es más difícil de encontrar en otro tipo de género literario. De todos modos, si decidí escribir una novela fue también por un interés en lo narrativo que viene desde tiempo atrás, y que he ido desarrollando casi en paralelo a mis textos más académicos sobre arte. 

¿Es más sencillo apoyarse en una historia que en un ensayo para hablar de algo? 

Eso no lo tengo tan claro. Al final todo depende de lo que quiera hacer uno y de lo que pretenda transmitir en cada momento. En Intento de escapada yo intentaba sobre todo escribir una novela sobre el aprendizaje de un joven, sobre cómo afronta ciertos desafíos éticos y cómo progresivamente va tomando conciencia del mundo real. El arte es el vehículo que mueve esa transformación, pero la novela intenta ir más allá de las reflexiones sobre el arte para mostrar una experiencia. En ese sentido, en lugar de apoyarme en una historia para hablar de algo, quizá sea que me apoyo en ese algo –el arte– para contar una historia. 


¿Es el Arte la manifestación que más polémica genera en torno a la sociedad actual? 

Depende de lo que uno entienda por polémica. A mí me parece mucho más polémica la situación política y económica del mundo. Lo polémico y lo catastrófico es lo que vemos todos los días y ya ni siquiera consigue indignarnos, porque la indignación se ha generalizado tanto que casi se ha desactivado. En medio de todo lo que ocurre en nuestra sociedad contemporánea, el arte es algo anecdótico que, como mucho, cierra los telediarios junto a las noticias de nouvelle cousine, con suerte. 

¿Tiene límites el Arte o se puede decir que “vale todo”? 

Por supuesto, el arte tiene límites. Muchísimos. La idea del todo vale sólo se puede manejar si uno no conoce las reglas y protocolos del arte. En arte se pueden hacer muchas cosas, pero hay un sinfín de barreras infranqueables. Afortunadamente existen. Y el artista puede trabajar con ellas. Creer que se trata de un espacio de libertad absoluta es una ingenuidad. Si alguna lección nos enseñó el arte contemporáneo, sobre todo el arte conceptual, es que el espacio artístico no es neutro, ni inmaculado, sino que forma parte de las estructuras de poder. Está tan contaminado como el resto. 

¿Qué objetivo dirías que tiene el Arte hoy en día? ¿Se podría equiparar al que puede conseguir la Literatura? 

No puedo decir cuál es el objetivo del Arte, en general, porque hay de todo, pero sí del arte que me interesa. Y el objetivo de ese arte, para mí, es mostrar que las cosas no funcionan tal y como creemos; es despertarnos, hacernos conscientes de aquello que tenemos frente a nuestros y que no queremos –o no sabemos– ver. El objetivo del arte es hacer visible, hacer consciente. Y a partir de ahí, intentar movilizar, inquietar y transformar la sensibilidad. Ese puede ser también el objetivo de la literatura, de cierta literatura: hacernos mirar y sentir lo que habitualmente pasa desapercibido. Por supuesto, la literatura, como el arte, también puede pretender entretener, satisfacer ciertos deseos... y esto en sí no tiene por qué ser malo; si uno es consciente de lo que hace, claro. 

En Intento de escapada, nos presentas a Jacobo Montes, un artista que recuerda vagamente a Santiago Sierra, ¿tiene influencias de él o de cualquier otro artista concreto? 

Jacobo Montes realiza algunas obras que podría haberlas realizado Sierra. O al revés, Sierra hace obras que podría hacer Montes. Y también comparten una cierta visión del mundo y sobre todo algunas ideas sobre el arte. En ese sentido, Montes y Sierra tienen mucho en común. Pero Montes va más allá de Sierra en muchas de sus formulaciones. Se arriesga más, es más transgresor, y tiene obras muy buenas. Algún crítico ha llegado a decir que Montes es mejor artista que Sierra y que es una pena que no exista en el mundo real. Estaría bien que alguien hiciera sus obras. 

¿Utilizar el Arte como denuncia puede llevar a situaciones tan “comprometidas” como las que vemos en la novela? ¿Existe algún caso cercano? 

Las situaciones que vemos en la novela creo que pueden llegar a suceder en la realidad. De hecho, es posible que hayan tenido lugar situaciones mucho más duras y extremas que las que se muestran. Ciertas acciones de Sierra serían los mejores ejemplos. Pero también podríamos establecer una nómina de artistas y obras que han llevado el arte a ese límite. La única obra de Montes que no es de él, la del perro que muere de hambre –obra del costarricense Guillermo Vargas–, por ejemplo, pone todo al límite. O las obras de maltrato animal de Adel Abdessemel, o las obras con cadáveres de Teresa Margolles… La realidad supera a la ficción. 

¿Sería posible conseguir algo parecido con la Literatura? 

Creo que no exactamente. La potencia del arte plástico se encuentra en el trabajo con lo real, con la vida real. Se pueden conseguir cosas, pero no en el mismo sentido. No se trata del mismo régimen de experiencia. El texto sigue siendo texto. Aun así, yo confío mucho en las palabras. De hecho, es mi territorio. Si no confiase en la potencia de la literatura, dejaría de escribir. Pero también sé hasta dónde puede llegar. Lo que hace Montes es llevar la teoría a la práctica. Lo que hago yo en esta novela es tan sólo la teoría de algo cuya práctica es lo que me resulta incómodo. 

Muchas de las obras que se citan en tu novela tratan de hacer cómplice al que la ve de una “verdad incómoda” para que reaccione. ¿Vivimos en una sociedad tan pasiva que es necesario que nos empujen de esa manera para reaccionar ante una injusticia? 

Creo que es necesario ese traqueteo al espectador. Estamos todos dormidos, hipnotizados, y necesitamos un shock que altere nuestras conciencias. Ese shock, por supuesto, no siempre tiene que ser literal, no siempre se consigue a través de la provocación o de lo terrible, sino que puede ser más sutil, alterando de un modo diferente nuestras condiciones de percepción del mundo. Pero lo que está claro es que sin alteración sólo hay continuidad de la experiencia cotidiana. El arte debe ser una interrupción. Un frenazo, un choque, un accidente. 

¿Estás de acuerdo con Helena cuando dice que “un artista puede ser un hijo de puta”? 

Absolutamente. Que una cosa sea una buena obra de arte no quiere decir que sea una buena acción social. Ética y arte son cosas diferentes. Lo que ocurre es que también es cierto que el espectador debe saber que eso es así, y no creer que el espacio artístico es una especie de estado de excepción donde todo se anula. Uno puede admitir y valorar una cosa en tanto que arte, y repudiarla por las ideas que transmite o por lo que genera. No es incompatible. Aunque es cierto que para eso se necesita un espectador, o un lector, emancipado, activo y capaz de posicionarse frente a lo que ve o lee de modo crítico.

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lunes, 6 de mayo de 2013

La necesidad de escribir (o de dejar de hacerlo)

Mr Gwyn. Alessandro Baricco. Anagrama. 184 páginas. 16’90 €. 

“No quiero escribir ni leer más”. Son las palabras de Philip Roth, que anunciaba hace unos meses que abandonaba su relación diaria con la escritura. Imre Kertesz, en esos mismos días, hizo lo propio y renunció al que había sido su oficio durante años. 

Cuando has leído la entrevista a Roth es imposible leer esta obra de Baricco y que el norteamericano no te venga a la memoria. ¿Por qué un escritor deja de escribir? O, más bien, ¿puede hacerlo de verdad? ¿Puede un autor renunciar a la que ha sido su vida durante los últimos años? 

Alessandro Baricco escribe y reflexiona sobre este tema en su última novela, Mr Gwyn, una obra que, como todas las del autor, se empapa de un ritmo pausado y una escritura delicada y fina como la misma seda. 

Jasper Gwyn es un escritor que, un día cualquiera, mientras camina por Londres, tiene una revelación: no quiere volver a hacer todas las actividades que realiza para ganarse la vida. Ese tiempo ya se ha pasado para él. Es entonces cuando, envuelto en una fiebre reveladora, se apresura hasta casa, se sienta frente a su escritorio, redacta una lista de las cincuenta y dos cosas que nunca volverá a hacer, y la lleva al diario Guardian en el que colabora asiduamente. 

“La primera era escribir artículos para el Guardian. La decimotercera era asistir a encuentros con grupos de alumnos aparentando seguridad en sí mismo. La trigésimo primera, dejar que le hicieran fotos con la mano en la barbilla, pensativo. […] La última era escribir libros.” Así de rotundo y con ciertos ápices de humor descubrimos que Mr. Gwyn se ha cansado; no quiere pertenecer a ese mundo nunca más. 

Sin embargo, pronto vemos, tras unas vacaciones en Granada, cómo ese compromiso no va a ser tan fácil para Jasper. El escritor se ve envuelto en una repentina ansiedad que sabe que sólo se quitaría escribiendo. ¿Pero cómo va a hacerlo? No puede rendirse tan pronto, ¿qué hay entonces de su manifiesto? 

En ese momento, Baricco da la vuelta de tuerca necesaria para que su libro se recuerde por un elemento distinto, novedoso. Jasper Gwyn quiere retratar a las personas, pero como no sabe dibujar se inventa una nueva actividad: escribir retratos. Alquila un estudio, le pide a un amigo músico un hilo musical relajante que pueda sonar en bucle continuo, y además, encarga a un artesano de bombillas –otro trabajo inventado, con olor a cierta nostalgia de los oficios de siempre- una especialidad que le ofrezca una luz muy concreta y que, además, se apague por si misma transcurridos unos días. Entonces, el escritor, se dedica a observar a las personas que, durante cuatro horas al día, acuden al estudio a posar para él. Sólo hay dos condiciones: no se puede hablar y las personas han de estar desnudas. Sólo así se las puede conocer de verdad. Mr. Gwyn –o más bien, Baricco- inventa un oficio que permite conocer a las personas interiormente: qué hacen, cómo se comportan cuando están “solas” o, incluso, casi leer sus pensamientos. El escritor alivia así su necesidad de escribir y no falla a su manifiesto puesto que su nuevo oficio no consiste en escribir libros. 

La escritura de Baricco es tan fina que casi podemos intuir el proceso, la lentitud con la que el autor escribió cada palabra. Es, como ya comprobamos en Seda, una escritura con cierta fragilidad que, por momentos, parece que pueda quebrarse en nuestras manos. Mr Gwyn es un canto a la escritura como forma de vida, a la necesidad de expresión de una persona que escribe; necesidad que queda perfectamente impregnada tanto en las palabras como los silencios de la obra.

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martes, 23 de abril de 2013

La invisibilidad de lo evidente

Intento de escapada. Miguel Ángel Hernández. Anagrama. 247 páginas. 16’90 €. 

¿Dónde está el límite? Tal vez nos estemos enfrentando a una de las preguntas más difíciles de resolver en cualquier contexto. ¿Cuál es la barrera que, si sobrepasamos, nos hace estar en el otro lado? ¿Y si decidimos sobrepasarla en qué nos habremos convertido? 

Miguel Ángel Hernández parece reflexionar sobre la condición humana a raíz de hacerse estas preguntas. Y no en un contexto cualquiera, sino en el del arte contemporáneo, quizás uno de los escenarios que más polémica generan en torno a la sociedad y la cultura. 

¿Dónde está el límite del arte? ¿Vale todo? ¿Qué objetivo tiene? Durante toda su novela, Hernández nos lleva a hacernos cada una de estas preguntas de la mano de Marcos, un joven estudiante de Bellas Artes, a punto de terminar su carrera, que recibe una suculenta oferta para convertirse en ayudante de uno de los artistas del momento. Se trata de Jacobo Montes, un performer que, con sus obras, pretende dar visibilidad a temas tan velados como la inmigración y la situación carcelaria que vive en la gran ciudad, por ejemplo. 

No se puede saber con certeza, pero todo indica que, para dar vida a Montes, el escritor se ha inspirado en el polémico artista Santiago Sierra, conocido por obras como Cerdos devorando la península ibérica y otras en las que contrata inmigrantes con el fin de denunciar determinadas situaciones que se viven día a día sin que nadie se escandalice. La invisibilidad de lo visible como tema central. 

Marcos conocerá a Jacobo Montes de la mano de su profesora guía, Helena, que además es directora de la pequeña galería que se encargará de patrocinar y acoger la siguiente exposición del artista en la ciudad. Sin embargo, lo que parece una gran oportunidad pronto se convertirá en una especie de huida hacia adelante en la que nada es lo que parece y nada parece lo que es. 

Con un ritmo pausado que no se detiene, Hernández nos adentra en un mundo oscuro y truculento en el que somos testigos de todo lo macabro que puede conllevar el Arte como mecanismo de denuncia. Durante el transcurso de la novela vemos como Marcos se precipita al vacío con la cadencia suave de quien sabe que volver atrás en más difícil que dejarse arrastrar hacia el peligro. Y nosotros le acompañamos mientras se mueve en esos ambiguos círculos, quién sabe si con la esperanza de recibir un premio mayor por parte de Helena. 

Intento de escapada es una novela fascinante con varios ingredientes. La inmigración, la complicidad con la que permitimos situaciones horribles en la ciudad, el arte como denuncia y vía de escape o la propia condición humana, entre otros componentes, son lanzados a una cazuela narrativa en la que se aderezan, se agitan, hierven para, finalmente, ser engullidos con avidez por el lector, que, tal vez, se convierte a sí mismo en cómplice de toda la patraña de Montes. Una obra, sin duda, recomendable.

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miércoles, 20 de marzo de 2013

Poética de Auster

Poesía completa. Paul Auster. Seix Barral. Traducción y prólogo de Jordi Doce. 318 páginas. 

A menudo he escuchado la afirmación, contundente, de que a un escritor se le termina de conocer por su poesía. No estoy de acuerdo con esa tesis, para nada, sin embargo, en este caso sí podría resultar válida. Asegura Auster, sin ningún ápice de duda, que su poesía es lo mejor que ha escrito nunca y que todavía siente mucho apego por ella. 

Y es normal que sea así. En la poesía del autor neoyorquino encontramos lo que podría ser el germen de su narrativa. En verso, el escritor aborda los mismos temas que desfilan por novelas como La música del azar, Brooklyn Follies o Invisible, entre otras. Y no son otros que el azar y la importancia que tiene a la hora de cambiar una vida, el yo y como su presencia modifica todo lo que hay a su alrededor, las barreras que imponemos –o nos impone- la realidad, o la mismísima derrota, más lírica esta vez que nunca. 

Nada sería igual si la edición de la obra no fuese como es. Presentada en edición bilingüe, traducida y prologada, de manera magnífica, por Jordi Doce, la obra nos ayuda a comprender mejor al autor en su conjunto: sus obsesiones, su pasión, lo que su ciudad significa para él… En definitiva, Poesía completa supone el marco perfecto para encuadrar la obra narrativa de Paul Auster y comprenderla en su totalidad. 

Desde los nueve hasta los treinta años, el niño pasó a ser hombre, pero nunca abandonó la escritura de poemas. Hasta que sintió que no podía más, en ese campo estaba todo dicho. Fue algo así como un agotamiento del terreno, que ya no podía dar más frutos. Entonces comenzó a escribir sus novelas, de las que hasta ese momento sólo había conseguido escribir páginas sueltas; nunca concluir un libro. 

Ahora, Seix Barral recupera toda su poesía en este fantástico volumen, que concentra sus ocho poemarios junto a una especie de poética del autor titulada Notas de un cuaderno de ejercicios, fechado en 1967.

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lunes, 4 de marzo de 2013

La revelación del amor

Casi amor. Ugo Cornia. Editorial Periférica. Traducción de Francisco de Julio Carrobles. 176 páginas. 16,50 €. 

Se podría decir que el amor es el tema universal. Al final, en cada historia, hay siempre un hueco para el amor. En la novela de Ugo Cornia, en cambio, no es sólo un resquicio, si no que se trata de la totalidad de la narración. 

El narrador, también llamado Ugo, nos desgrana poco a poco sus amores adolescentes, o lo que es más bien su primer amor. Una relación que se compone de episodios cortos, pero intensos, que marcan para siempre la existencia de un joven que se deja sorprender por la vida en cada esquina. 

Para contarnos esta historia, Cornia se sirve de una voz ausente en apariencia de maldad, rencor o resentimiento. Siempre desde la perspectiva del momento en el que ocurren las cosas, Ugo nos conduce por su historial amoroso con una delicadeza y una pausa que parecen casi irreales. Por momentos, la voz narrativa recuerda a otro de los grandes escritores italianos: Erri de Luca, que en su última novela Los peces no cierran los ojos, trata también el tema del amor juvenil. 

Lejos de una visión universal y magnificada del amor –y del desamor- que ocupa la totalidad de las páginas, el autor nos ofrece una mirada intimista sobre los pensamientos, decepciones y alegrías que le supone al protagonista la relación intermitente que mantiene con ella. 

La narrativa de Cornia es franca, pese a las grandes dosis de inocencia que parece tener el narrador; su literatura dice la verdad sin adornos, expresa los sentimientos con un poso de amargura que, poco a poco, como si se tratase de una revelación pausada, pasa a derrochar alegría y vitalidad en cada palabra.

Casi amor es una de esas novelas en las que podemos decir que no pasa nada, pero en las que de principio a fin, transcurre la vida, sin más. Una obra muy reflexiva que relata la vida de un joven que va descubriendo los azarosos planes del amor, que se desengaña, que descubre la sexualidad, que no deja de pensar en el siguiente encuentro y que, finalmente, se resigna a pensar que todo termina y que la historia volverá a repetirse con otro nombre y otro rostro en cualquier momento.

Publicado en Punto de Encuentro

martes, 5 de febrero de 2013

Javier Gutiérrez: «Malasaña es una marca bastante desgastada hoy por hoy»

2012 ha sido su año. Tras escribir las novelas Lección de vuelo (ganadora del Premio Opera Prima Nuevos Ganadores en 2004), y Esto no es una pipa (Premio Salvador García Aguilar en 2009), Mondadori ha publicado su tercera novela, Un buen chico, que en menos de un año se ha convertido en un éxito notable, entrando en las listas de mejores novelas del año. 

En ella, Javier Gutiérrez habla de la nostalgia, el pasado y la memoria en un barrio de Malasaña muy reconocible que, como el mismo dice, “ha perdido su aire mítico y underground”. Para ello se sirve de una visión intimista y de una técnica narrativa muy particular, que dejan huella en el lector. 

Tras la brecha del cambio de año, Un buen chico está situada por muchos críticos como una de las mejores novelas de 2012. ¿Te ha sorprendido o cuando la terminaste ya intuías que podía llegar alto? 

Es extraño. Cuando se iba acercando el momento de la publicación, recuerdo que estaba firmemente convencido de que la novela iba a pasar inadvertida para los medios culturales, que sólo sería reseñada en publicaciones independientes dirigidas a un público joven. Sin embargo, la acogida ha sido muy buena tanto por los medios de comunicación general como por las publicaciones especializadas. Y digo que es extraño porque salvo en ese momento inmediatamente anterior a la publicación, siempre estuve muy seguro del valor de la novela. Cuando acabé de escribirla, incluso antes de terminarla, ya era consciente de que estaba ante algo distinto, algo mejor de lo que había escrito hasta entonces. Hubo un momento, antes de que se la diera a leer a nadie, en que la única persona que sabía que la novela merecía la pena era yo mismo y fue una sensación emocionante y sorprendente a la vez, incluso fue mejor que el hecho de publicar en una gran editorial, mejor que recibir críticas positivas, fue mejor que tener el ejemplar por primera vez en la mano. Lo mejor fue tener esa certeza interior de haber escrito algo bueno y que nadie lo supiera. 

En algunas reseñas sobre la obra se puede leer que es una novela videoclip por su estructura de flashes y ritmo rápido. ¿Cómo ha sido escribir con esa técnica? ¿Te ha permitido cosas que otro estilo no habría podido? 

La estructura de la novela es fundamental en la narración. Generalmente cuando un escritor marca tanto su estilo suele resultar una limitación al desarrollo de la historia más que una ventaja. Sin embargo, lo que buscaba con esta técnica de las conversaciones cruzadas (inspirada en Faulkner y en Conversación en la Catedral de Vargas Llosa) era conseguir un efecto casi hipnótico en el lector. Hay un uso instrumental del estilo, se trata por un lado de mantener al lector pegado a la historia y, por otro, de desarrollar varios niveles de la trama de una forma simultánea. 

Malasaña aparece en tu novela casi como un personaje principal. ¿Crees que perdería fuerza la historia si el escenario fuese otro con menos leyenda? 

Al contrario, Malasaña es una marca bastante desgastada hoy por hoy. Ha perdido su aire mítico y underground. Hay una percepción general de que Malasaña es un parque temático para treintañeros modernos, que ha perdido su esencia y se ha trivializado. Y en parte, utilicé esa percepción general para dirigirla hacia Polo y su generación. No era Malasaña la que había perdido algo esencial desde los noventa a aquí, éramos nosotros, la generación de Polo, los que lo habíamos hecho. Y aun así esa Malasaña casi mitológica de los noventa que presenta el libro seguramente nunca existió. Es más bien un espacio emocional propio, mi propia deformación de la realidad provocada por cierto tipo de nostalgia. 

La historia de Un buen chico se equipara en muchas intervenciones con Historias del Kronen de José Ángel Mañas. ¿Es difícil crear una historia totalmente novedosa? ¿Consideras la literatura como un proceso cíclico? 

Es imposible crear algo totalmente nuevo, inevitablemente siempre se parte de un acervo cultural propio. Y aunque alguien lo consiguiera, el receptor no podría evitar conectarlo con otras referencias. Es el ejemplo de Mañas que citas. Historias del Kronen estaba muy lejos de mis influencias cuando escribí la novela y, sin embargo, por razones circunstanciales Un buen chico se ha asociado mayoritariamente a la novela de Mañas. Son los lectores los que encuentran una conexión que yo puedo asegurar que nunca hubo o, si la hubo, fue inconsciente. 

Escribes: “Nada tolera diez años de olvido. Nada resiste, te dices, el paso del tiempo.” ¿Qué papel juega la memoria en la literatura? ¿Es selectiva por naturaleza o somos nosotros los que fabricamos los recuerdos según nos conviene? 

La memoria es selectiva y embaucadora pero su funcionamiento no es caprichoso. El modo en el que el cerebro interpreta la realidad es extremadamente lógico y lineal, metódico. Sigue patrones casi matemáticos a la hora de deformar la realidad. Somos nosotros los que hemos inventado las pasiones y las pulsiones para tratar de explicarnos esta disociación entre realidad y percepción. Para el cerebro todo es el resultado de un cálculo coste-beneficio, incluidas las enfermedades mentales. Por suerte, fuera de la neurobiología, el ser humano parece bastante más complejo e interesante. 

Todos los protagonistas de la obra están muy marcados, precisamente, por la memoria. En cambio tienen muchos matices y distintas voces. ¿Cuáles son las diferencias que podemos encontrar entre ellos? ¿Son esos contrastes los que les dan vida? 

Quizá la novela trate precisamente de cómo un mismo acontecimiento puede derivar en consecuencias muy distintas para cada una de las personas que lo vivieron. Para escribir Un buen chico partí del pasado, de los acontecimientos ocurridos a finales de los noventa. Tenía una idea bastante clara de lo que había ocurrido en la casa de los gemelos en 1997 y de cómo era la relación que mantenían los componentes del grupo antes de que aquello ocurriera. A partir de ahí hice transcurrir diez años y los dejé interaccionar. Nunca trabajo con una hoja de ruta, y hasta que no he escrito un 60-70% del texto no empiezo a entenderlo de verdad. Eso me obliga a escribir dos veces la novela, una para entenderla y otra para cuadrarla, pero el resultado, al menos en mi opinión, conserva la frescura de quien avanza junto al lector en la investigación de los hechos. 

¿Le has prestado a Polo algo de ti en esta novela? ¿Crees que siempre podemos intuir rasgos del escritor en sus personajes? 

Le he prestado mi voz con todo lo que eso conlleva. No he creado una voz para él, le he cedido la mía. Y, en parte, mi propio pasado. Siempre he escrito de una forma confesional, como quien escribe un diario. La literatura que admiro es aquella donde la conciencia del escritor, una conciencia deformada y ficcional, está detrás de cada palabra. Me gustan esas novelas autobiográficas donde uno asocia al protagonista de la novela con el propio escritor. Traté de generar ese ambiente intimista, autobiográfico, antes de introducir la trama de ficción. A Polo le he prestado mi mejor cualidad como escritor, he puesto a su servicio toda mi capacidad de persuasión. Y es ese flujo de empatía que recorre la novela lo que hace que resulte perturbadora. Algo que siempre tuve claro era que el resultado de la novela iba a depender de lo cerca que el lector estuviera de Rubén Polo, debía estar tan cerca como para emular sus sentimientos, para hacerlos suyos, unos sentimientos por otra parte muy oscuros. 

En Un buen chico guardas un lugar muy importante para los silencios, casi igual de primordiales que aquello que sí se cuenta. ¿Qué papel juega el secreto, el propio silencio, en la literatura? 

Es cierto, es una novela elíptica. Si tiene sólo 140 páginas es porque la mayor parte de los hechos no están narrados y, no lo están, porque no me parecía necesario hacerlo. En ese sentido, creo que el lector es mucho más inteligente de lo que la mayoría de los escritores piensan. Muchas veces basta un diálogo de tres líneas entre dos personajes para definir perfectamente cuál es su relación. Qué sentido tiene bucear hasta su infancia si con un fogonazo puedes mostrar al personaje por completo. Además en el caso de Un buen chico, la estructura de la novela, con sus saltos rápidos de personaje y tiempo, me permitía generar muchísimas elipsis que más adelante son recuperadas por la narración. 

En una entrevista comentas que para ganarte la vida tu plan era ganar concursos literarios. ¿Qué consejo le darías hoy a alguien que comienza a escribir? ¿Es casi imposible vivir de la escritura actualmente? 

Eso ocurrió hace unos cuatro años, dejé mi trabajo en una oficina, la crisis estaba a punto de estallar pero nadie lo imaginaba. Llevaba más de siete años sin escribir una palabra. Ahora, viendo cómo se han desarrollado los acontecimientos, me parece una idea bastante descabellada y, sin embargo, he superado todos los objetivos que me propuse al hacerlo. Lo que me lleva a pensar que no importa cómo empieces sino que empieces de una maldita vez. Volví a escribir, gané algunos concursos pero, sobre todo, encontré la fuerza interior que necesitaba para saber que podía escribir a un nivel profesional. En realidad, creo que uno puede conseguir cualquier cosa que se proponga con cierta combinación específica de talento y esfuerzo. Ahora trabajo algunas horas en otra oficina lo que me deja mucho tiempo para escribir. Para mí el objetivo es vivir “y” escribir, no vivir “de” escribir. Ni me lo planteo. Casi ninguna novela supera los tres mil ejemplares vendidos y si llega a esa cifra se considera un éxito. El autor cobra un 10% del precio del libro. Los libros cuestan entre 15 y 20 euros. Se suele publicar un libro cada dos años. El cálculo es descorazonador. 

Por último, ¿crees que cambia la forma de escribir y desarrollarse en el mundo literario con el uso de internet? ¿Resistirá la literatura a esta herramienta? ¿Y el libro en papel? 

No me preocupa nada de eso. Ni la evolución del formato del libro ni la posible desaparición del libro de papel ni los cambios que puedan darse en el sector editorial. En realidad, los autores no deberíamos tener ningún miedo a los cambios. Como ya he dicho, actualmente el único agente del sector editorial que no puede vivir de su trabajo es el escritor. Parece difícil que la cosa pueda ir a peor en el futuro. Me preocupo más de mi próximo proyecto que del futuro del libro. Las recompensas que un escritor puede recoger, aparte de su satisfacción personal, son muy discutibles: cierta vanidad y muy poco dinero. 

Muchas gracias y enhorabuena por la acogida de la obra.

Publicada en Otro Lunes (nº 26)